sábado, 24 de octubre de 2009

Crónicas de una gripota

Amanecí enfermo el viernes a las 9 de la mañana, decidí entonces que no debería salir de casa suponiendo que la enfermedad sería de aquellas que al dormir lo hace todo nítido y extravagante, casi monstruoso, aunque desde la última enfermedad he podido controlar el efecto y el caos interior obedece a un orden, que no es lógico pero sí un orden.
Robert Louis Stevenson escribió Dr. Jeckyll and Mr. Hyde después de una fiebre casi alucinógena. La historia nació de un mal sueño, porque he descubierto que no todos los sueños en la enfermedad son malos. El problema es que la experiencia se ha visto un tanto detenida a partir del uso de medicamento, creo que nadie consideró que una fiebre de 39 por espacios alargados de tiempo, como todo el día, era algo sano. Aunque yo todavía no me quejaba, no suelo quejarme, sólo dolerme, que son cosas muy distintas.
Me ha dado por ver películas y mucha televisión, hace mucho que no me dedicaba a invertir tiempo frente al televisor. El único problema que tengo con esta actividad es que mis ojos se cansan, empiezan a hervir y recurren a las lágrimas para refrescarse. La fiebre me limita el sentido de la visión exterior, para que al cerrar los ojos tenga acceso más claro a la visión interna. ¿Qué veo? Cuando sueño veo algo que dormido puedo entender y describir, pero que despierto sólo deja una resaca. En los sueños de esta enfermedad hay algo acerca de una biblioteca gigante donde los libros aparecen con el deseo y miles de personas estamos vagando por sus pasillos que no son pasillos y discutimos ideas y todas tienen sentido.
El cuerpo se siente distinto. Como si los músculos hubiesen tomado otra posición, otra consistencia. Podría decir que se siente como de plastilina, pero la plastilina debería alejarnos de la idea del dolor, acercarnos más al juego y las sonrisas. Cuando muevo los músculos tomo conciencia de la existencia de mi cuerpo, por medio de algo como el dolor, pero ya no sé si es dolor, empiezo a acostumbrarme.
Veo pasar el día a mi alrededor pero no formo parte de él o él de mí. La enfermedad me ha regresado a mi mendo interior, lo que temo de esto es ser incapaz de regresar al mundo exterior o de guardarme en la soledad. En realidad no lo temo por mí, sino por lo que eso puede representar en tanto la interacción social, presiento que el mundo que he construído me extrañaría. Yo lo he extrañado, pero existe un gran deleite en la inmensidad del cielo cuando estás solo. ¡Achú!

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