La tradición de la memoria nos exige permanecer en la constante reflexión de un sentido. Si se proviene de cierto lugar, debe haber una dirección, de otra forma no debe existir un por qué de haber sido lanzado al mundo. Es la relación lógica que domina nuestra sociedad, algo de la idea de destino perdura en la mente de los que circulan y producen, de los que digieren y ansían, con eso quiero decir todos, pero sé que no lo he dicho. También es la idea científica de causa y efecto, como si las cosas pudiesen ser líneas que van de un punto a otro. Con esas cosas se pierde la perspectiva del accidente, se observa hacia el pasado como si todo hubiese estado planeado, sólo porque no puede cambiarse se supone que todo en él es inmutable y sin importar que tantos golpes y heridas han sido marcadas en la memoria, parece que todo se dispone a perpetuar el ciclo de violencia. El hombre es un parásito de sí mismo.
El accidente se pierde con la perspectiva de tiempo, es una condición inherente de lo que transcurre, supone que sólo durante el presente puede ocurrir lo inesperado, claro, no se puede asumir el accidente en el futuro y no se puede distinguir en el pasado, donde se diluye como hecho. En ese sentido podría suponerse que la visión de tiempo que se sustenta en el presente asume como parte de su esencia el accidente, la improvisación sin planes, apenas una idea vaga de lo que se desea; de la mano se aspira a la pérdida de perspectiva y un vértigo de velocidad que mantenga el instante en constante renovación. La pausa, el descanso han perdido su valor, se ven como errores. La contemplación contra la acción. Si se colocan como opuestos es porque la física se ha metido mucho en la cabeza de las personas y se cree que dos conceptos no pueden ocupar un mismo espacio.
Con ánimos de divagar más, pienso ahora en las contradicciones al interior de una sola persona. Fernando Pessoa y su hetoronimia podrían ser la visión del ser posmoderno fragmentado, pero me niego a verlo bajo esa sola perspectiva, prefiero imaginarlo en la construcción de una totalidad de sus posibilidades a través de la división de sí mismo en ficciones de ímpetu propios. Asumir una conciencia del ser en el extremo de hacerse raíz. En esa ramificación existe también una idea de presente compleja que se construye en el diálogo entre un Caeiro, Campos, Reis y Pessoa.
Las ganas de ir al baño me hacen dejar esta reflexión aquí. Después, si mi ánimo está dispuesto, lucharé por darle sentido a lo que escribo.
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