jueves, 28 de octubre de 2010

Curvas y esquinas

“Outra vez te revejo,

Cidade da minha infância pavorosamente perdida...

Cidade triste e alegre, outra vez sonho aqui...

Eu? Mas sou eu o mesmo que aqui vivi, e aqui voltei,

E aqui tornei voltar, e a voltar

E aqui de novo tornei a voltar?

Ou somos, todos os Eu que estive aqui ou estiveram,

Uma série de contas-entes ligadas por um fio-memória,

Uma série de sonhos de mim de alguém fora de mim?

Outra vez te revejo,

Com o coração mais longínquo, a alma menos minha”

Álvaro de Campos, “Lisboa revisited (1956)”

He estado pensando largo rato y además tendido: ¿cuál es mi calle favorita? Elegir una es difícil, mi manía de caminar sólo lo complica. Una sucesión surge al azar y al compás de mi desorientación sale en una improvisación burda, recorro la ciudad en un afán estético y por caprichos. Hay unas que recuerdo y otras de las cuales no sé el nombre ni la ubicación exacta. Pero, y de ahí me he decidido a elegir, existe un conjunto de calles que terminan por ser referentes constantes de mi existencia, ésas se esquinan todas a la avenida México 1968, en la que vivo y también elijo, el eje de una constelación de caminos, mi barrio pues. De Periférico a Avenida del Imán.

La elegí después de pensar en una gran lista de calles. Toda mi indecisión vino de mi afán de gastarme los pies. Afortunadamente sólo pensé en calles concretas, porque entonces habría estado un mes intentando decidir si alguna de un libro, de mi cabeza o de una pintura; puro sufrimiento metafísico. En este párrafo quiero hacerle una pequeña justicia personal a las que no cupieron aquí.

¿Qué tiene de importante, interesante o particular esta calle y sus esquinadas? En realidad nada, es decir, puedo asegurar que hay una gran cantidad de calles que tienen mejores paisajes, historias más interesantes, mujeres hermosas, qué sé yo, algo que la destaque. La mía gana su importancia en la mera relación subjetiva, no es la gran cosa. La conozco hace ya rato y caminarla me dice algo de mi devenir. Le conozco sus mañas, sus escondrijos y en una época reconocía a los intrusos, sabía de quién desconfiar y quién no rajaba. A lo largo de ella mi vida se ha ido desarrollando entre pasos, unas cervezas, amigos, juegos de futbol y todo eso que hace que la vida tenga sentido.

La calle y yo nos encontramos todos los días (¿habrá forma de escaparme?), ella es mi vestíbulo a lo que se extiende fuera de mí y pisarla al regresar es el alivio de saberme dentro de mis terrenos. A veces me voy por entre las unidades de edificios que siempre me han parecido ramificaciones de la avenida, una suerte de laberinto que crece a un lado y que me encargué de explorar durante la infancia. Hace tiempo que veo lo que pasa en el barrio desde mi ventana. No es cuestión de preferencias, sino de circunstancias. Por otro lado, ¿qué tengo que decirle a esa señora que tenía a ese joven hincado a sus pies arrepintiéndose a manera de rezo? Nada, sólo un miedo enorme ante la imagen de sumisión en plena vía pública. ¿En qué se ha ido transformando la señora que es capaz de doblegar a cualquier gañan? Siempre he pensado que son los peores seres humanos existentes, un error de la naturaleza o la manifestación física de la destrucción. Señoras…

Mi relación con este laberinto es una construcción constante del uno contra el otro. Lo recorro diario y en ese deambular, con o sin sentido, lo que soy entra en diálogo con todos los yo que he sido, de ahí sale algo casi congruente en un juego de reflejos y reflexiones. No sé si soy claro, es raro que lo sea. Es decir, el cielo no es azul, es una construcción cromática y climática continua; lo mismo ocurre con mi calle, en ella se plasma la construcción continua de esencias y accidentes de mi persona (la única de la que puedo pretender dar cuenta).

A partir de ella se configura parte de lo que será mi día en ese reencuentro y la reelaboración y revisión de caminos. Mi tedio, mi cansancio, mi alegría o mi buen humor se van entretejiendo con toda mi propia tradición de ánimos al salir de casa, de forma que un buen día es la suma de muchos buenos días y hay semanas que son un lunes alargado.

Por eso, después de cada viaje largo o corto, camino mi calle. No para ver lo que hay de nuevo, sino para dialogar con mis yo plasmados a lo largo de las cuadras. Un viaje es una dislocación, te separas de tu cotidianeidad y sin importar que tan efímero o turístico pueda ser el viaje, al volver hay algo que se queda en la personalidad del individuo que se atrevió a abandonar su localidad, al final qué mejor que tu propia calle y sus espacios cotidianos para evaluar lo que generó aquello que está más allá de los andares ya conocidos.

Mi calle es minúscula pero se ha transformado en mi puerto, todo marinero tiene uno al que habrá de volver. No importa cuántos se conozcan, ninguno es igual y cada persona añora la combinación de olas, vientos y olores del suyo, todo aquello que hace parte del camino toma sentido en tanto existe un origen y un lugar al cual volver. La extraña sensación de pertenencia y territorio, que toma sentido en la idea de lo otro y lo desconocido, una curiosa relación de poder. En mi calle no tengo duda, como el marinero que conoce su costa. Las cosas pueden cambiar de inicio a fin pero se le queda plasmada la secuencia de eventos que constituyen mi vida.

En mi infancia los recovecos de la sección 7 los exploré y los nombré, la expansión de los territorios empezó con la compañía de mi hermano y dos vecinos. Durante los periodos tortuosos de crecimiento que son la pubertad y la adolescencia terminé por recorrer el resto de la avenida. Pero que a nadie se le ocurra preguntarme dónde queda Francia 1900 o alguna otra olimpiada, porque sigo reconociendo los espacios por los nombres que les otorgamos en un inicio: el pastito, la cancha, las astas, los coyotes, la barda, el cuadrito, la bajada (vaya imaginación); a quién le importa conocerle el nombre cuando lo importante de las calles se construye con el uso. La expansión territorial y los nombres corresponden a eventos que le dan sentido a esos espacios, sus usos y contextos, todavía únicos porque no he vuelto a ver a nadie hacer la misma sarta de locuras por ahí.

En mi época una actividad me llevó a conocer los apodos y otras veces los nombres de los habitantes de la zona, hay van unos, pa’ hacerles honores: Peros, Cato, Loco Abreu, Herbacio –ése era el nombre–, Castor, Gemelo –mismo apodo para los dos–; a fin de cuenta clásicos de ayer y hoy. La cancha era el centro de reunión, a partir de las 4, todos los días en mi época de secundaria se armaban las retas: a tres goles y sacan pichones. Desde ese entonces siempre he relacionado el fútbol con la colectividad y la construcción de un espacio bélico. Si algo se tenía que arreglar empezaba ahí y a veces terminaba afuera. Esos partidos eran los buenos, porque el gol toma el sentido de golpe, de herida.

Mi equipo era joven, pero nos las arreglábamos; en algunas ocasiones jugábamos bien, en otras la palabra paliza se quedó corta. Ahora la cancha le pertenece a otros, mis vecinos se mudaron y mi equipo está incompleto. Contra quienes jugué siguen por ahí, pero ellos también tienen nuevos espacios y costumbres. Antes de acabar esa era, el fútbol exigió un espacio más amplio, así que tomamos la explanada del parque que nos dejaba hacer retas más grandes, el juego se hizo más veloz y las paredes se acabaron. Cambios de ritmo.

El parque también puede ufanarse de haber sido el lugar que me dejó la cicatriz en la ceja izquierda. Evitaré la historia porque en mis escritos sólo me permito a mí mismo reírme de mí mismo, sólo diré que es una marca de guerra. Como todo parque también besé y bebí ahí, insisto nada fuera de lo común. Sólo que siempre debe tenerse cuidado, beber ahí implica que la policía llegue de un momento a otro, a los vecinos no les gusta ser despertados por unos borrachos a las 3 de la mañana.

También está el mercado, otro de los espacios significativos en mi existencia, yos fragmentados construyendo algo como un alebrije. El tianguis contiene una tradición de desayunos, los primeros de reconocimiento de las características culinarias mexicanas, que es lo mismo a comer tacos cuando apenas había llegado a México[1]; los segundos de deleite y exploración de las extrañas costumbres de este nuevo mundo, aquellas que llaman gorditas de chicharrón, una suerte de círculo plano que embarnece los cuerpos de los nativos. Después entré a las dinámicas económicas con la compra de estupideces que he ido tirando a la basura. Lo que uno es capaz de comprar…

Así se resume mi calle: un conjunto de vivencias y yos hilados a la avenida, en cierta forma toda calle es eso. Un gran amigo en una ocasión me preguntó, él siempre tan arquitecto: ¿qué hace a una ciudad, los edificios o sus habitantes? Considero que la ciudad y lo que transmite es el resultado del diálogo entre aquello que es la arquitectura, la construcción de espacios y las implicaciones del objeto con la sociedad, con ese conjunto de personas malhumoradas que le dan sentido y llenan de ruido a la ciudad.

Hoy me toca correr por ella sin prestar atención, voy tarde a clase. Extraña maldición que me aqueja. Qué más da, el reloj sigue corriendo y tengo clase en 15 minutos y contando. Si hoy hay reta quién quita y me vale madres, juego y revivo los buenos momentos cañando a los que salen de la secundaria, para que se vayan curtiendo en el diálogo de tradiciones.

México, D.F. , Septiembre de 2010



[1] ¿Llegar a México? Pues bien es fácil explicarlo, el tipo este que escribe si bien nació en México se fue a vivir a temprana edad a República Dominicana, de donde es la madre y la respectiva familia. Curioso, ¿no?

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