lunes, 1 de noviembre de 2010

Marcha de la derrota


Não sou nada,

Nunca serei nada,

Não posso querer ser nada.

À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo

No soy nada,

Nunca seré nada,

No puedo querer ser nada.

Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo

“Tabacaria”, Álvaro de Campos

Nunca he sido un gran lector de poesía, no por desprecio. La narrativa siempre me pareció más llamativa y la lírica no despertó en mí un interés o alguna gran inquietud, al menos no hasta Fernando Pessoa[1], en particular con Álvaro de Campos y “Tabaquería”. Tenía unos diecisiete años cuando lo conocí en un taller de poesía, en la antología bilingüe del Fondo. Pasado un tiempo terminé por comprarla, con la parte en portugués esperando. Nunca pensé en separarme de ese libro y de la marca roja de un naipe siempre en la misma página. Lo regalé porque a veces la amistad exige locuras.

He intentado plasmar lo que este poema representa para mí, lo he intentado tres veces sólo para descubrir que me equivoqué al mostrarlo como es. No hay valor en eso. Si algo puedo decir que me deje satisfecho es lo que brota de mi relación subjetiva y arbitraria con él. Estas palabras escritas en un arranque de sinceridad dan pie a lo que soy después de “Tabaquería”.

Hago eco a esa mirada contemplativa desde la ventana y a la musicalidad de sus versos (ahora más que puedo leerlos en portugués). Desde la primera vez que los he mascullado hasta hoy, unos cinco años de terca lectura del escritor portugués, he pensado sin pensar a partir de su obra y en ella. En ese proceso encontré que “Marcha de la derrota” era el posible nombre del poema, lo rescato no sólo para comunicarlo, mi marcha y mi vida también se dirigen a la derrota porque sé que no puedo quebrar la realidad y puede que me despedace en el intento.

I

Estou hoje vencido, como se soubesse a verdade.

Estou hoje lúcido, como se estivesse para morrer

Estoy hoy vencido, como si supiese la verdad.

Estoy hoy lúcido, como si estuviese para morir.

“Tabacaria”, Álvaro de Campos

“Tabaquería” es una visión nacida del desasosiego. Una ligera desesperación que se acerca al dolor, es la falta de tranquilidad, la ruptura de algún orden. Pienso en el aprendizaje que nace del golpe, desde la herida, la contemplación desde el vacío. Allá, en la calle la vida pasa y deja huellas en todo aquello que ocurre, lo nimio; el mundo afuera, la existencia adentro. Surgen en mí dos ideas inmediatas: la belleza del desequilibrio y la relación de lo cotidiano con aquello profundo que lo sustenta; ambas como resultado de un estado de ánimo, no porque sea necesario, sino porque todo dolor implica una reestructuración y la consciencia de este proceso está hecha verso en este caso.

El desequilibrio me hace pensar menos en una estética del caos y más en la apreciación del entorno y las experiencias, el desasosiego como eje de una cosmovisión que revela la fragilidad y belleza de las cosas. En la intranquilidad hay una contemplación consciente de la existencia, una evaluación del ser. Incluso si mi vida deviene en fracaso –el caso que pueda imaginar no importa– la capacidad de ser consciente genera un distanciamiento crítico, ahí espera lo inútil como verdad.

La fragilidad de aquello que se supone certero, en su oposición extraña, revela la belleza del fragmento irrepetible y efímero. El valor de la vida, sus accidentes o su cotidiano, pasa a recaer en la consciencia del engaño, esta verdad, si tal es cierta, expone aquello que se considera innegable, un eco de lo que se cree. La realidad es un acto de fe, al saberlo, como un acto de magia descubierto en su truco, pierde todo sentido. Todo se erige ilusión en tanto la existencia se hace inestable.

A lo lejos, porque lo cercano es un ronquido, escucho una sirena, quizá si me asomo veré las luces de una patrulla con prisa y en esa manifestación molesta de lo externo reside una concepción del hombre, varias incluso. Yo desde esta escritura he tenido que dialogar con ese exterior sin quererlo. No repudio lo que está más allá de mí, sólo estoy cansado de las certezas falsas, así hay días en que cansado del mundo hay una gran satisfacción en ver el tiempo pasar con indiferencia.

II

Como os que invocam espíritos invocam espíritos invoco

A mim mesmo e não encontro nada.

Como los que invocan espíritus invocan espíritus me invoco

A mí mismo y no encuentro nada.

“Tabacaria”, Álvaro de Campos

La revelación de la realidad como algo frágil, lo insignificante de la existencia comienza en encontrar el yo reducido a nada, como si se perdiera en algún lugar. Para Pessoa, me parece, escribir de este vacío resulta fácil, es decir, él pasó a dividirse a sí mismo, se renunció individuo y se aceptó diferente cada día como el río de Heráclito; la personalidad como construcción fragmentaria que da paso a una secuencia que permite establecer una idea continua y total del sujeto, de tal forma que si se identifican los fragmentos pueden crearse diversas secuencias, personalidades, al permitir el desarrollo de aquellos que incluso se oponen dentro de una sola persona.

En cierta forma eso explica los heterónimos, esas personalidades que poblaron la mente del escritor portugués. En un esfuerzo por crear la literatura de toda una época, se hizo varios. En Eróstrato y la búsqueda de la inmortalidad dice: “Si [un hombre] puede escribir como veinte hombres diferentes, entonces es veinte hombres diferentes”. La multiplicidad proviene del diálogo interno, de las posibilidades creativas que van tomando forma, contexto y vida propia.

Las contradicciones se presentan como el testimonio de las diferentes visiones e ideologías. Si éstas terminan por negarse la una a la otra, peor aún, si estás sobrepasan el latido de quien se hace recipiente, la idea de nada como esencia aparece clara en el fondo. Si la definición proviene desde lo ajeno, incluso si este ajeno tiene su origen en la persona que se descubre vacía, se debe pensar a conciencia qué se es, fuera de aquello que nos define dentro de la sociedad. Se es estudiante, lector, hijo, padre, hermano, amigo, hombre o mujer, pero ¿dónde reside la esencia? Sin los disfraces la persona se descubre desnuda.

III

Sempre uma coisa defronte da outra,

Sempre uma coisa tão inútil como a outra,

Sempre o impossível tão estúpido como o real,

Sempre o mistério do fundo tão certo como o sono de mistério da superfície,

Sempre isto ou sempre outra coisa ou nem uma coisa nem outra.

Siempre una cosa en frente de la otra,

Siempre una cosa tan inútil como la otra,

Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,

Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del misterio de la superficie,

Siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni otra.

“Tabacaria”, Álvaro de Campos

Los esquemas se repiten, ajenos a lo que nosotros mismos podamos pensar o plantear de la realidad. Algo en ella se escapa al entendimiento, al cambio. Intransigente e ilusoria se asienta fuera y espera la oportunidad de tragarlo todo de un bocado. Terca, permanece sustentada por nosotros mismos, alimentándose de nuestra supervivencia. Absurda, con una lógica de sin sentidos: leyes, teorías, filosofías, impuestos. Se repiten sí, en su fondo, algo en el por qué de la realidad, de aquello general que subyace en las particularidades culturales y raciales en un afán de defender al hombre de sí mismo. En cada lugar se erige un orden y todos son inútiles.

La vida, construcción ajena, se desarrolla y nos arrastra. No importa a donde se dirijan las aspiraciones de cada uno, terminaremos, sin terminar, en algún lugar, quizá un pequeño infierno burocrático o de plomero en Budapest. Ante esta certeza que acecha al hombre y cada uno de sus sueños, se hace lo posible por planear algo, tener una idea del porvenir por la que se puede sacrificar todo, a tal punto que alcanzada la preciada meta la persona se queda sin nada.

Peor es para quienes no saben qué hacer de su futuro, un agobio constante de tomar un rumbo, cualquiera. No quiero ser malentendido yo no sé a dónde voy, ni como, sólo no me importa, actúo cuando debo hacerlo, casi con pereza. Esforzarse en tomar sentido es absurdo, se lucha por una colección de máscaras y se anhela con suspiros la que es antifaz, para poder hablar por uno mismo, se toma un sentido prestado y puede ser que el vacío esté en la falta de una máscara.

La conciencia, la claridad de visión obtenida de tirar la vida porque se descubre que nada importa. El tiempo irá pasando y todo lo que conocemos dejará de existir, en contraste ahí está afuera la realidad plausible, la sensación de existir se presenta y todo parece recuperar sentido, el vacío desaparece, hasta el siguiente momento en que la lucidez del desasosiego nos permita encontrarlo una vez más. Entre tanto, lector, tú y yo, debemos aferrarnos a algo.

Me confieso feliz, porque soy todavía más terco, me sitúo inamovible en el vacío, desde aquí parece que la realidad se puede romper. Me lanzo de cabeza contra esa posibilidad, si no lo logro habrá una cerveza esperando en algún lugar y el universo podrá reconstruirse como quiera. Alguien por ahí sonreirá y yo me sentaré de nuevo, burlón, en el abismo, a la espera que todo se quiebre en mil pedazos.

Acenou-me adeus, gritei-lhe Adeus ó Esteves!, e o universo

Reconstruiu-se-me sem ideal nem esperança, e o Dono da Tabacaria sorriu.

Hizo una señal de adiós, le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo

Se me reconstruyó sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la Tabaquería sonrió.

“Tabacaria”, Álvaro de Campos

Daniel Pérez Rivera

México, DF, Octubre, 2010



[1] Fernando Antonio Nogueira Pessoa, portugués, alcohólico considerado uno de los mejores poetas del siglo XX.

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