(Ojalá alguien decida decirle a los niños que vienen a pedir dulces que sólo tengo basura).
Sería mejor poder decir que este caso es extraordinario, pero es todo lo contrario, es difícil concebir una felicidad sin dolor o un dolor sin felicidad. No es mi intención ser melodramático, pero sé que no me equivoco. Recuerdo que cada vez que algo me salía mal alguien se alegraba por ello, por otro lado cuando conseguía algo que quería alguien tenía que salir llorando. Cuando alguien pierde el otro gana, cuando te estrellas con un poste de luz le das un chiste a alguien más; el que se queda con la chica gana un enemigo y una mujer sonriendo, pero las sonrisas llegan a doler, de forma que la de la chica se transforma en reclamo, tortura y martirio.
La vida es una balanza, como tal su deber es marcar el desorden y el desequilibrio, que la usen para lo contrario sólo habla del hombre como un degenerado. No quiero ser malentendido, no condeno la degeneración, como le comentaba a un amigo, esa palabra se refiere a un comportamiento no a un juicio respecto a éste. La balanza, decía, señala el desorden y el desequilibrio, pero también revela que las cosas tienden a igualarse. Si en un árbol una rama pesa más que todas las del otro lado juntas se las llevará a todas consigo, eso es igualdad, no la separación simétrica.
En esta época de mi vida considero que la barriga es el símbolo de la felicidad, una barriga es la demostración corporéa de un buen comer, un buen beber, una buena amistad que es capaz de sostenerla en su sitio y una tranquilidad innata de estar recostado. ¿A qué iba eso último? A ningún lado, no todo necesita de sentido para existir y que nadie me venga con idioteces de que la realidad lo tiene.
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