domingo, 14 de noviembre de 2010

Um conto de Luis Britto García

Vou fazer uma tradução deste autor venezuelano, porque agora que o li achei que alguém mais no mundo tem que lê-lo também. A tradução vou faze-la porque em espanhol não tem graça, se consegue na internet sem problema. Com certeza tem uns erros por aí, mas depois eu farei as correções, leitor, agradeço se você marca alguns.

A vitória oculta [Publicado em Rajatabla]

De não ser eu quem o explique, ninguém entenderia meu gênio militar, pelo qual, nestas memórias o explico. O objetivo da guerra, diz Clausewitz, consiste em impor nossa vontade ao inimigo. Seus discípulos tem variado infinitamente sobre o tema: para eles, nossa vontade se impor ao inimigo mediante nossa vitória; este se dobra ante ela unicamente na derrota. Só tenho me atrevido a variar os termos, aparentemente incontestáveis, desta equação estúpida. Só eu tenho dirigido meu povo a impor sua vontade não obstante a certeza --a necessidade, diria-- da derrota. Desperdiçado inutilmente contra um inimigo invencível, dirão os historiadores. Mas não. Desperdiçado, não. E inutilmente, menos. O afirmo agora, em tanto o fogo calcina seus corpos inanimados.
Quantos seres humanos é lícito sacrificar à consecução de um objetivo? As respostas dos tratadistas são inconsistentes. Para eles, se o povo consta de duzentos milhões, o sacrifício de cinqüenta milhões parecerá razoável. Mas se o povo consta de cinqüenta milhões, então o sacrifício dessa quantidade resulta excessivo. Eu não vejo que estas considerações modifiquem de jeito nenhum os fatores objetivos da situação. Os povos existem, mas se contam homem a homem, e o objetivo que justifica a morte de um só ser automaticamente justifica a morte de todos, e isto é lógico, e irrefutável. Se a cifra de sacrifícios que requer um objetivo militar iguala à cifra de habitantes de uma nação, e se esse objetivo é desejável, isso não é óbice para que a guerra o seja.
E a guerra tem sido. Não para derrotar à grande potência, nosso adversário. Não podíamos. O sabia perfeitamente eu, que observava o progresso da guerra como uma doença incurável. O sei agora, quando as tropas de ocupação escrutinam as ruínas do meu povo aniquilado.
Mas. Mas. Para nos esmagar, a grande potência tem se convertido num exercito, e toda sociedade que se converte num exercito se devora si mesma e morre.
Nunca, nunca, uma tão vasta vitória com tão escassas forças. O digo eu, vencido, escutando o crepitar dos incêndios da minha derrota, que é também a antecipada derrota e crepúsculo do inimigo.
Reclamo a coroa dos vencedores. Reclamo a coroa dos vencedores. Eu, o ultimo vivente do meu povo. Reclamo a coroa dos vencedores.

sábado, 13 de noviembre de 2010

160 años del nacimiento de Robert Louis Stevenson

Recuerdo pocos cumpleaños y éste no es la excepción. Pero por ser el caso de un hombre importante google le puso un dibujito de La isla del tesoro y yo me he puesto a revisar poemas y pensar en un escritor que me simpatiza, hasta le invitaría unas cervezas. Lo importante nunca es el aniversario, reflexión que tiene a ver con el terrible dilema que me acecha: ¿A qué fiesta habré de ir hoy? Ambas amistades suponen un deber moral que en realidad no tengo por qué obedecer, así que debería responder a la alegría que puedo producir en el otro. En realidad mi presencia no implica una diferencia, no tendría por que, decirlo sería dotarme de responsabilidades que no me competen y me obligan a responder a ciertos deberes que no reconozco pero que cumplo.
Pero bueno, ¿qué se le va a hacer? De momento debo ignorar estas cuestiones y pensar en leer y escribir, mis grandes deberes de la existencia, que reconozco así porque me los he otorgado y responden más a mi placer que a alguna responsabilidad para con el mundo. No es que no me importe, pero no me voy a poner a decir que escribo por algo que no sea el mero placer de ir construyendo o desahaciendo sentidos. Stevenson, que vagabundo descanse, compara la literatura con los juegos infantiles, para él, es la construcción de una ficción, el ahondar en una realidad ajena.
Divagación primera. Stevenson era un irlandés que sabía vivir, basta leer el ensayo del arte de caminar para saberlo. Una buena charla, un cigarro después de una caminata son grandes placeres de la vida a los que este autor sabe dar el peso adecuado, no es cuestión de lugares comunes, sino el pensamiento dedicado a materias pequeñas que resultan ser grandes. La magnificación de lo cotidiano, por cierto, es producto de un gran hombre, no se le ocurra lector pedírle a un hombre pequeño observar lo bello en lo cotidiano, sólo encontrará discursos aprendidos de la televisión, cosas de siempre, que no es que no sean apabullantes, sino que lo importante es ser capaz de apreciar estar descalzo por la vida, que el mango se aferre a los dientes y quiera echar raíces en la boca, que la pereza se asiente en el aire y lo mejor es que todo esto toma sentido si hay disposición, si se le rasca porque la vida también tiene comezón.
Divagación segunda. Debo reconocer que ultimamente he depositado mi sentido de la existencia en la pereza, un descanso dulce de una vida ardua. Resulta que me doy cuenta, me quedé en la hamaca dormido y cuando me desperté los mosquitos habían picado mis piernas, el mar sonaba a lo lejos y la noche estaba alta en el cielo. Pequeña pausa, un ritmo lento, descanso. Me estiro. Bostezo.
Divagación tercera. Hay que tener valor para ser el contador de historias de Samoa. Salve, Stevenson.

lunes, 8 de noviembre de 2010

De la escritura, acá en corto.

Pues ya, si se escribe que sea con sinceridad, ¿topas? Sin fingir que la elegancia cansa, hay comezón y deseo, sudor y cansancio, molestia y pereza. Si no hay nada que decir se dice y ya, que la crisis de la época tiene sentido, que después alguien pueda decir que la falta de sentido no es nuestra y es de alguien allá en el futuro que puede vernos y pensar que no estábamos tan jodidos como pensamos. Al menos con sinceridad no se puede decir que creíamos en cosas que no, la revelación de lo que se vive o no se vive. Es más, olvido el futuro, un otro cualquiera, un ataque de sinceridad ¿será que se aguanta así y ya? Plantearse algo ajeno, ponerse el traje de alguien más o revelar una posición no debe de asustar tanto, si nadie está de acuerdo o se reconoce ignorante en ello es como tener frío o sed. Bah, la verdad tengo hambre y escribo esto para ver si en este proceso me quedo dormido. Un amigo me dijo que escribir le daba sueño, creo que a mí me hace pensar en comida.
Lector allá, cambio, fuera y cámaras, dice.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Reír me hace toser.

La enfermedad repentina que me hace oponer dos acciones, oposición porque toser implica cierto dolor y la risa sólo en exceso podría hacerme sufrir. La cuestión es curiosa, es decir, la naturaleza me está haciendo un oxímoron vivo.
(Ojalá alguien decida decirle a los niños que vienen a pedir dulces que sólo tengo basura).
Sería mejor poder decir que este caso es extraordinario, pero es todo lo contrario, es difícil concebir una felicidad sin dolor o un dolor sin felicidad. No es mi intención ser melodramático, pero sé que no me equivoco. Recuerdo que cada vez que algo me salía mal alguien se alegraba por ello, por otro lado cuando conseguía algo que quería alguien tenía que salir llorando. Cuando alguien pierde el otro gana, cuando te estrellas con un poste de luz le das un chiste a alguien más; el que se queda con la chica gana un enemigo y una mujer sonriendo, pero las sonrisas llegan a doler, de forma que la de la chica se transforma en reclamo, tortura y martirio.
La vida es una balanza, como tal su deber es marcar el desorden y el desequilibrio, que la usen para lo contrario sólo habla del hombre como un degenerado. No quiero ser malentendido, no condeno la degeneración, como le comentaba a un amigo, esa palabra se refiere a un comportamiento no a un juicio respecto a éste. La balanza, decía, señala el desorden y el desequilibrio, pero también revela que las cosas tienden a igualarse. Si en un árbol una rama pesa más que todas las del otro lado juntas se las llevará a todas consigo, eso es igualdad, no la separación simétrica.
En esta época de mi vida considero que la barriga es el símbolo de la felicidad, una barriga es la demostración corporéa de un buen comer, un buen beber, una buena amistad que es capaz de sostenerla en su sitio y una tranquilidad innata de estar recostado. ¿A qué iba eso último? A ningún lado, no todo necesita de sentido para existir y que nadie me venga con idioteces de que la realidad lo tiene.

Marcha de la derrota


Não sou nada,

Nunca serei nada,

Não posso querer ser nada.

À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo

No soy nada,

Nunca seré nada,

No puedo querer ser nada.

Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo

“Tabacaria”, Álvaro de Campos

Nunca he sido un gran lector de poesía, no por desprecio. La narrativa siempre me pareció más llamativa y la lírica no despertó en mí un interés o alguna gran inquietud, al menos no hasta Fernando Pessoa[1], en particular con Álvaro de Campos y “Tabaquería”. Tenía unos diecisiete años cuando lo conocí en un taller de poesía, en la antología bilingüe del Fondo. Pasado un tiempo terminé por comprarla, con la parte en portugués esperando. Nunca pensé en separarme de ese libro y de la marca roja de un naipe siempre en la misma página. Lo regalé porque a veces la amistad exige locuras.

He intentado plasmar lo que este poema representa para mí, lo he intentado tres veces sólo para descubrir que me equivoqué al mostrarlo como es. No hay valor en eso. Si algo puedo decir que me deje satisfecho es lo que brota de mi relación subjetiva y arbitraria con él. Estas palabras escritas en un arranque de sinceridad dan pie a lo que soy después de “Tabaquería”.

Hago eco a esa mirada contemplativa desde la ventana y a la musicalidad de sus versos (ahora más que puedo leerlos en portugués). Desde la primera vez que los he mascullado hasta hoy, unos cinco años de terca lectura del escritor portugués, he pensado sin pensar a partir de su obra y en ella. En ese proceso encontré que “Marcha de la derrota” era el posible nombre del poema, lo rescato no sólo para comunicarlo, mi marcha y mi vida también se dirigen a la derrota porque sé que no puedo quebrar la realidad y puede que me despedace en el intento.

I

Estou hoje vencido, como se soubesse a verdade.

Estou hoje lúcido, como se estivesse para morrer

Estoy hoy vencido, como si supiese la verdad.

Estoy hoy lúcido, como si estuviese para morir.

“Tabacaria”, Álvaro de Campos

“Tabaquería” es una visión nacida del desasosiego. Una ligera desesperación que se acerca al dolor, es la falta de tranquilidad, la ruptura de algún orden. Pienso en el aprendizaje que nace del golpe, desde la herida, la contemplación desde el vacío. Allá, en la calle la vida pasa y deja huellas en todo aquello que ocurre, lo nimio; el mundo afuera, la existencia adentro. Surgen en mí dos ideas inmediatas: la belleza del desequilibrio y la relación de lo cotidiano con aquello profundo que lo sustenta; ambas como resultado de un estado de ánimo, no porque sea necesario, sino porque todo dolor implica una reestructuración y la consciencia de este proceso está hecha verso en este caso.

El desequilibrio me hace pensar menos en una estética del caos y más en la apreciación del entorno y las experiencias, el desasosiego como eje de una cosmovisión que revela la fragilidad y belleza de las cosas. En la intranquilidad hay una contemplación consciente de la existencia, una evaluación del ser. Incluso si mi vida deviene en fracaso –el caso que pueda imaginar no importa– la capacidad de ser consciente genera un distanciamiento crítico, ahí espera lo inútil como verdad.

La fragilidad de aquello que se supone certero, en su oposición extraña, revela la belleza del fragmento irrepetible y efímero. El valor de la vida, sus accidentes o su cotidiano, pasa a recaer en la consciencia del engaño, esta verdad, si tal es cierta, expone aquello que se considera innegable, un eco de lo que se cree. La realidad es un acto de fe, al saberlo, como un acto de magia descubierto en su truco, pierde todo sentido. Todo se erige ilusión en tanto la existencia se hace inestable.

A lo lejos, porque lo cercano es un ronquido, escucho una sirena, quizá si me asomo veré las luces de una patrulla con prisa y en esa manifestación molesta de lo externo reside una concepción del hombre, varias incluso. Yo desde esta escritura he tenido que dialogar con ese exterior sin quererlo. No repudio lo que está más allá de mí, sólo estoy cansado de las certezas falsas, así hay días en que cansado del mundo hay una gran satisfacción en ver el tiempo pasar con indiferencia.

II

Como os que invocam espíritos invocam espíritos invoco

A mim mesmo e não encontro nada.

Como los que invocan espíritus invocan espíritus me invoco

A mí mismo y no encuentro nada.

“Tabacaria”, Álvaro de Campos

La revelación de la realidad como algo frágil, lo insignificante de la existencia comienza en encontrar el yo reducido a nada, como si se perdiera en algún lugar. Para Pessoa, me parece, escribir de este vacío resulta fácil, es decir, él pasó a dividirse a sí mismo, se renunció individuo y se aceptó diferente cada día como el río de Heráclito; la personalidad como construcción fragmentaria que da paso a una secuencia que permite establecer una idea continua y total del sujeto, de tal forma que si se identifican los fragmentos pueden crearse diversas secuencias, personalidades, al permitir el desarrollo de aquellos que incluso se oponen dentro de una sola persona.

En cierta forma eso explica los heterónimos, esas personalidades que poblaron la mente del escritor portugués. En un esfuerzo por crear la literatura de toda una época, se hizo varios. En Eróstrato y la búsqueda de la inmortalidad dice: “Si [un hombre] puede escribir como veinte hombres diferentes, entonces es veinte hombres diferentes”. La multiplicidad proviene del diálogo interno, de las posibilidades creativas que van tomando forma, contexto y vida propia.

Las contradicciones se presentan como el testimonio de las diferentes visiones e ideologías. Si éstas terminan por negarse la una a la otra, peor aún, si estás sobrepasan el latido de quien se hace recipiente, la idea de nada como esencia aparece clara en el fondo. Si la definición proviene desde lo ajeno, incluso si este ajeno tiene su origen en la persona que se descubre vacía, se debe pensar a conciencia qué se es, fuera de aquello que nos define dentro de la sociedad. Se es estudiante, lector, hijo, padre, hermano, amigo, hombre o mujer, pero ¿dónde reside la esencia? Sin los disfraces la persona se descubre desnuda.

III

Sempre uma coisa defronte da outra,

Sempre uma coisa tão inútil como a outra,

Sempre o impossível tão estúpido como o real,

Sempre o mistério do fundo tão certo como o sono de mistério da superfície,

Sempre isto ou sempre outra coisa ou nem uma coisa nem outra.

Siempre una cosa en frente de la otra,

Siempre una cosa tan inútil como la otra,

Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,

Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del misterio de la superficie,

Siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni otra.

“Tabacaria”, Álvaro de Campos

Los esquemas se repiten, ajenos a lo que nosotros mismos podamos pensar o plantear de la realidad. Algo en ella se escapa al entendimiento, al cambio. Intransigente e ilusoria se asienta fuera y espera la oportunidad de tragarlo todo de un bocado. Terca, permanece sustentada por nosotros mismos, alimentándose de nuestra supervivencia. Absurda, con una lógica de sin sentidos: leyes, teorías, filosofías, impuestos. Se repiten sí, en su fondo, algo en el por qué de la realidad, de aquello general que subyace en las particularidades culturales y raciales en un afán de defender al hombre de sí mismo. En cada lugar se erige un orden y todos son inútiles.

La vida, construcción ajena, se desarrolla y nos arrastra. No importa a donde se dirijan las aspiraciones de cada uno, terminaremos, sin terminar, en algún lugar, quizá un pequeño infierno burocrático o de plomero en Budapest. Ante esta certeza que acecha al hombre y cada uno de sus sueños, se hace lo posible por planear algo, tener una idea del porvenir por la que se puede sacrificar todo, a tal punto que alcanzada la preciada meta la persona se queda sin nada.

Peor es para quienes no saben qué hacer de su futuro, un agobio constante de tomar un rumbo, cualquiera. No quiero ser malentendido yo no sé a dónde voy, ni como, sólo no me importa, actúo cuando debo hacerlo, casi con pereza. Esforzarse en tomar sentido es absurdo, se lucha por una colección de máscaras y se anhela con suspiros la que es antifaz, para poder hablar por uno mismo, se toma un sentido prestado y puede ser que el vacío esté en la falta de una máscara.

La conciencia, la claridad de visión obtenida de tirar la vida porque se descubre que nada importa. El tiempo irá pasando y todo lo que conocemos dejará de existir, en contraste ahí está afuera la realidad plausible, la sensación de existir se presenta y todo parece recuperar sentido, el vacío desaparece, hasta el siguiente momento en que la lucidez del desasosiego nos permita encontrarlo una vez más. Entre tanto, lector, tú y yo, debemos aferrarnos a algo.

Me confieso feliz, porque soy todavía más terco, me sitúo inamovible en el vacío, desde aquí parece que la realidad se puede romper. Me lanzo de cabeza contra esa posibilidad, si no lo logro habrá una cerveza esperando en algún lugar y el universo podrá reconstruirse como quiera. Alguien por ahí sonreirá y yo me sentaré de nuevo, burlón, en el abismo, a la espera que todo se quiebre en mil pedazos.

Acenou-me adeus, gritei-lhe Adeus ó Esteves!, e o universo

Reconstruiu-se-me sem ideal nem esperança, e o Dono da Tabacaria sorriu.

Hizo una señal de adiós, le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo

Se me reconstruyó sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la Tabaquería sonrió.

“Tabacaria”, Álvaro de Campos

Daniel Pérez Rivera

México, DF, Octubre, 2010



[1] Fernando Antonio Nogueira Pessoa, portugués, alcohólico considerado uno de los mejores poetas del siglo XX.