domingo, 21 de febrero de 2010

17 y 18 de Febrero.

17 de Febrero de 2010
Tomo el vuelo a Sao Paulo.
Mis padres fueron a despedirme, lo que me recuerda que llegué a preguntárselo a mi papá, su respuesta fue un enojo por que la respuesta era obvia, pero a veces no reconozco obviedades. Dos personas más fueron a despedirme, Mauricio y Carolina, quiénes me conocen tienen cierta idea de quiénes son y pueden explicarse su presencia con conjeturas, quién no me conoce puede jugar a inventar historias, eso me importa poco. Estaban los cuatro ahí. Faltó mi hermano, tenía clase.
Supongo que los aspectos de la despedida pueden despertar expectativas, pero es sólo una dinámica de alegrías y tristezas que se mezclan, también un poco de llanto. Yo no lloré, no tengo esa costumbre.
El vuelo fue largo, pero no soy capaz de responder un número sin equivocarme. Las medidas no las consigo entender, al menos creo que de ahí viene mi equivocación, la otra puede ser que soy medio idiota, pero eso es cuestión de perspectivas y la una no niega a la otra. Durante el vuelo me límite a sentir lo que es el hecho de realizar la lejanía. Me refiero a que la idea de distancia no la había asimilado hasta comenzar a estar muy lejos. Supongo que es la costumbre de volar.
Lo demás sería hablar de cuántas veces fui al baño o de lo que comí y lo mala que puede llegar a ser la comida de avión, pero eso no me importa. Vi la película de Astroboy e hice un par de anotaciones, nada importante cuando se releen.
En Colombia tomé el avión a São Paulo y ahí me divertí con el cambio de atmósfera, muchos brasileños y un mexicano con un libro de Arreola en la mochila que no abrí más de tres páginas. Estaba cansado y me dormí, un sueño intranquilo pero con ventana. Obscuridad y obscuridad. Hubo un momento en el que me desperté. El avión volaba sobre el amazonas. Esa oscuridad ahí abajo no era una obscuridad cualquiera. Si hubiera podido sacar la cabeza... Sentí, quizá por saberlo, que el amazonas me tragaba. ¿Cómo lo supe? El avión tiene un aparato muy curioso que indica la posición del avión respecto al globo terráqueo. Ahí estaba yo, cansado, despertando para saber por una pantalla que estaba sobre el amazonas, un pedazo de tierra que late.
Cuando volví a despertar casi aterrizábamos, yo y los demás. 2 de la mañana hora de México, 6 hora de São Paulo. Era casi como estar crudo, sumergido en una resaca de tanto aire y cielo. Cuando el avión aterrizó todavía estaba oscuro, cuando salí del aeropuerto rumbo al hostel ya era de día y mis ojos se comenzaban a cerrar. En el hostel me dormí, 4 de la mañana hora DF. Desperté hambriento cuatro horas después listo para poner a prueba mi portugués chilango. Encontré un restaurante de Slow food, donde cobran por kilo. Después caminé con Faros en el bolsillo y una tutsi pop en la boca, la cual estaba conmigo por mi manía de tener dulces para ocasiones particulares, aclaración que hago porque tengo otras 5 que responden a otro tipo de circunstancias. Soy un niño.
¿Qué hice en mi primer día en Brasil? Salí con una peruana que también está de intercambio. Visité el Memorial de América latina y después fui por cerveza al Tribunal (el nombre me da gracia por la posibilidad de juegos de palabras que no hago) donde encontramos a unas amigas de la prima de la peruana, que por cierto, tiene familia en la ciudad. Bebimos y bebimos para que después me dejaran en mi hostal.
La vida es bella.

martes, 16 de febrero de 2010

La última noche

Ha sido un día largo en tanto llevo 12 horas despierto y viendo gente, encargándome de despedidas fugaces, pero que algo han de tener de significativas. Ahora ceno frente a la computadora preguntándome cómo debería sentirme, pero no logro conseguir nada y creo que en eso reside mi respuesta. Es sólo un viaje, largo, claro, pero sólo un viaje, con regreso y cambios. Qué carajos, ante un viaje hay dos emociones de fuerza: el entusiasmo y la saudade (cierta añoranza o nostalgia, tristeza pues). Siento ambas cosas, pero ninguna de las dos importa realmente. Es como ir a caminar, dar una vuelta, pero ahora más lejos, con más tiempo y esas cosas. Basta con aumentar la distancia y la duración para que las cosas tomen sentido, un aumento en la potencia y las cosas se vuelven importantes. Basta con preguntarle a cualquier obeso o anoréxico, ellos saben de esas cosas, las viven.
1.09 am Ya es 17, el 17 me gusta como número. Un evento de mi sola incumbencia me arrancó del proceso de escritura, el cual por ser yo tan prosaico me ha arrebatado toda oportunidad de continuar esta cosa. Me alegra, valía más la pena.
Lo que me recuerda, he estado reflexionando respecto a la utilidad de la poesía, de la lírica. Piensa, piensa, piensa... Me voy a cambiar los pantalones, es hora de la piyama, fresca y limpia, al menos más que los pantalones. Dicen.

lunes, 15 de febrero de 2010

Dilemas de la maleta

Pensé que lo tenía todo listo, entonces mi mamá me hizo una pregunta pertinente: ¿Llevas toallas? Pues sí, supuse. Pero no, no llevaba nada para secarme, sólo cosas que mojar. Antes un libro que una toalla, antes un cubrealmohada que una toalla. Ahora, ante la intromisión de esas dos enormidades de tela debo replantearme: Realmente llevo lo necesario o ya empecé a hacerle a la mamada. Neceserio o mamada. Las mamadas también son necesarias, más que las toallas incluso. Pero aún así debo pensarlo a fondo, hay cosas que puedo dejar como las piyamas, la ropa elegante en caso de que algún día tenga que vestirme bien, mi peluche en forma de Tiburón que se llama Víctor y sin el cual no puedo dormir, el número excesivo de calzones porque temo que el sudor tome posesión de todo. A eso hay que sumar que debo llevar, no para mí sino para los demás, mexicaneidad, la cual se reduce a chile.
Me he despertado este lunes pensando en que ya casi es miércoles, que me tengo que bañar, quejarme por la maleta y no hacer nada, visitar amigos, comer, leer, fumar pensando que me voy de forma melancólica para que alguien diga: se ve bien y sobre todo tragarme una nieve de maracuyá y un agua de horchata que son cosas valiosas de la existencia, si es que sabe usted lector de qué hablo.
Paso toda la música que puedo a la computadora que llevaré, en un afán de no quedarme sin nada de lo que aquí tengo y no uso. Además, tengo esa horrible certeza de que voy a olvidar algo, lo que en realidad será sólo un buen chiste, algo que contar, una buena manera de empezar una crónica de un viaje largo que al volver me parecerá corto.
Por otro lado, qué voy a saber yo de un viaje que no he hecho.
También me corté el pelo, oh querido diario.
No me puse desodorante otra vez.

lunes, 8 de febrero de 2010

Tic-tac...

Hay algo así como un reloj que me recuerda que me voy el 17 a São Paulo, digo, es un calendario, pero parece reloj, mide tiempo y esas invenciones del hombre como las efemérides que siempre son un buen descanso de lo cotidiano, que no es tan malo, pero que bueno es darse un descanso.
¿Qué implica que pasen los días? Simple, una leve sucesión de hechos que se han hecho y una inmensidad de acciones por hacer. A cada momento surge algo nuevo, otro detalle. No lloriqueo, sólo me quejo y me pedorreo, total qué más da, lo terminaré haciendo, todo lo que se tenga que hacer, sin que eso signifique que no deje de lado cosas, sino más bien que le echaré la culpa al destino en la misma actitud gorda de quejas y flatulencias.
Con todo y todo hago lo posible, debo aprovechar el tiempo. Eso de aprovechar el tiempo me hace pensar en no dormir y algo como drogarme mucho, cafeína, cocaína, taurina, quesadilla, Lidia, axila, orina y cosas de esas, seguro ponen chido.
Pero un buen ejemplo del absurdo es que a pesar de todo mañana seguramente no tendré nada que hacer y me pondré a leer tranquilamente para que cuando llegue la noche diga de nuevo: Chale, tengo un buen de cosas que hacer y ya mero me voy.
Ya mero me voy, pero al menos ayer hice la traducción de un fragmento de una novela de Jorge Amado, quizá mañana la revise y después la use de avioncito. Vuela literatura, ¡vuela!

martes, 2 de febrero de 2010

abcdefghijklmnñopqrsuvwxyz

Puedo escribir...
Puedo escribir, juntar letras con letras y hacer que tengan sentido, no coherente, pero el suficiente para que un otro me entienda. ¿Cómo daré con ese otro? ¿Cómo encontrar a quien me lea? Aunque en realidad ese lector existe y el destino nos ha unido irreductiblemente, él me leerá y de esa forma seré reconocido por un universo de lectores eternos, el destino me llevará a un lector redentor que me permitirá ser entendido por la eternidad...
Bazinga!