lunes, 15 de febrero de 2010

Dilemas de la maleta

Pensé que lo tenía todo listo, entonces mi mamá me hizo una pregunta pertinente: ¿Llevas toallas? Pues sí, supuse. Pero no, no llevaba nada para secarme, sólo cosas que mojar. Antes un libro que una toalla, antes un cubrealmohada que una toalla. Ahora, ante la intromisión de esas dos enormidades de tela debo replantearme: Realmente llevo lo necesario o ya empecé a hacerle a la mamada. Neceserio o mamada. Las mamadas también son necesarias, más que las toallas incluso. Pero aún así debo pensarlo a fondo, hay cosas que puedo dejar como las piyamas, la ropa elegante en caso de que algún día tenga que vestirme bien, mi peluche en forma de Tiburón que se llama Víctor y sin el cual no puedo dormir, el número excesivo de calzones porque temo que el sudor tome posesión de todo. A eso hay que sumar que debo llevar, no para mí sino para los demás, mexicaneidad, la cual se reduce a chile.
Me he despertado este lunes pensando en que ya casi es miércoles, que me tengo que bañar, quejarme por la maleta y no hacer nada, visitar amigos, comer, leer, fumar pensando que me voy de forma melancólica para que alguien diga: se ve bien y sobre todo tragarme una nieve de maracuyá y un agua de horchata que son cosas valiosas de la existencia, si es que sabe usted lector de qué hablo.
Paso toda la música que puedo a la computadora que llevaré, en un afán de no quedarme sin nada de lo que aquí tengo y no uso. Además, tengo esa horrible certeza de que voy a olvidar algo, lo que en realidad será sólo un buen chiste, algo que contar, una buena manera de empezar una crónica de un viaje largo que al volver me parecerá corto.
Por otro lado, qué voy a saber yo de un viaje que no he hecho.
También me corté el pelo, oh querido diario.
No me puse desodorante otra vez.

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