miércoles, 17 de marzo de 2010

A un mes de vivir en Brasil

A un mes... De repente ha sido poco tiempo, poco tiempo para conocer la ciudad, no he conocido el centro, no he conocido todas sus calles, no he conocido el pensamiento de otros estudiantes de literatura, no he entrado a las favelas, no he comido una tonelada de feijoada ni de maracuyá, no he participado de partidos internacionales, no he bailado samba a la luz de la luna, no he bebido cachaça como idiota, no he encontrado cigarros brasileños que hablen bien del fumador nacional, no he tenido tiempo de tener saudade de aquello que dejé con mi viaje, no he escrito una gran obra y no he vendido dibujos a los brasileños ricos que se atreverían a pagar mis desvaríos pictóricos, no he sido el explorador tenaz e inaudito que todos querrían ser y que por lo mismo nadie es capaz de ser, no he encontrado casas de fado, no he escuchado poesía en voz alta entre gente aburrida que se queda en que la poesía es escrita, no me he hecho un experto en la cultura culinaria, no he roto el cielo con mi humanidad ni siquiera he juntado plumas como para decir que desplumé un pollo para hacerme alas, no he desayunado con una familia brasileña, no he gritado en español despechos o pasiones, no he robado libros que nadie leerá, no me revolcado en otras sábanas, no he roto botellas por descuido ante la inestabilidad de la realidad.
A un mes no he sido lo suficientemente precoz como para decir que Brasil me ha devorado y no tengo preocupación alguna al respecto porque el tiempo, como ya dijo un amigo, "es como mi baba" (o algo así de frito).
A un mes dejo que mi existencia sea leve, como el viento que pasa y el que crea que soy un idiota que deje de quejarse y venga aquí a hacer lo que no hago y me exige porque mi ritmo es otro, arrítimico, impar, caótico, impulsivo. Si alguien tiene algo que reclamarme que prefiera construir su propia experiencia y deje de buscar en mí la satisfacción de un deseo frustrado. Si alguien tiene algo que envidiarme que se ponga unos tenis y empiece a caminar con dirección a Ipanema, a Ilheús, a Salvador, a Floriánopolis, a Rio grande do sul, a Canudos, al Amazonas.
A un mes siento que el tiempo se me va, pero no que tengo que hacer de cada segundo algo que valga la pena, eso se lo dejo a personas ambiciosas de historias. Yo en cambio me tiro en la cama y pienso en descansar un poco leyendo y dibujando en espera de que mi cuerpo sea capaz de perderse en esta ciudad y odisearla con el ímpetu de niño desbocado y pregunton, pero evitando ser insoportable.
A un mes me doy cuenta que a mi ritmo le falta acelerarse y satisfacer el instinto vagabundo.
En medio de reflexiones inconexas apago esta máquina del demonio y empiezo a satisfacer necesidades. Empiezo por comer.
Boo ju. Abú.

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