A un mes no he sido lo suficientemente precoz como para decir que Brasil me ha devorado y no tengo preocupación alguna al respecto porque el tiempo, como ya dijo un amigo, "es como mi baba" (o algo así de frito).
A un mes dejo que mi existencia sea leve, como el viento que pasa y el que crea que soy un idiota que deje de quejarse y venga aquí a hacer lo que no hago y me exige porque mi ritmo es otro, arrítimico, impar, caótico, impulsivo. Si alguien tiene algo que reclamarme que prefiera construir su propia experiencia y deje de buscar en mí la satisfacción de un deseo frustrado. Si alguien tiene algo que envidiarme que se ponga unos tenis y empiece a caminar con dirección a Ipanema, a Ilheús, a Salvador, a Floriánopolis, a Rio grande do sul, a Canudos, al Amazonas.
A un mes siento que el tiempo se me va, pero no que tengo que hacer de cada segundo algo que valga la pena, eso se lo dejo a personas ambiciosas de historias. Yo en cambio me tiro en la cama y pienso en descansar un poco leyendo y dibujando en espera de que mi cuerpo sea capaz de perderse en esta ciudad y odisearla con el ímpetu de niño desbocado y pregunton, pero evitando ser insoportable.
A un mes me doy cuenta que a mi ritmo le falta acelerarse y satisfacer el instinto vagabundo.
En medio de reflexiones inconexas apago esta máquina del demonio y empiezo a satisfacer necesidades. Empiezo por comer.
Boo ju. Abú.
Yo marqué el Pff. Autocábula literaria.
ResponderEliminarJajajajajaja, inmejorable.
ResponderEliminar