Recuerdo pocos cumpleaños y éste no es la excepción. Pero por ser el caso de un hombre importante google le puso un dibujito de La isla del tesoro y yo me he puesto a revisar poemas y pensar en un escritor que me simpatiza, hasta le invitaría unas cervezas. Lo importante nunca es el aniversario, reflexión que tiene a ver con el terrible dilema que me acecha: ¿A qué fiesta habré de ir hoy? Ambas amistades suponen un deber moral que en realidad no tengo por qué obedecer, así que debería responder a la alegría que puedo producir en el otro. En realidad mi presencia no implica una diferencia, no tendría por que, decirlo sería dotarme de responsabilidades que no me competen y me obligan a responder a ciertos deberes que no reconozco pero que cumplo.
Pero bueno, ¿qué se le va a hacer? De momento debo ignorar estas cuestiones y pensar en leer y escribir, mis grandes deberes de la existencia, que reconozco así porque me los he otorgado y responden más a mi placer que a alguna responsabilidad para con el mundo. No es que no me importe, pero no me voy a poner a decir que escribo por algo que no sea el mero placer de ir construyendo o desahaciendo sentidos. Stevenson, que vagabundo descanse, compara la literatura con los juegos infantiles, para él, es la construcción de una ficción, el ahondar en una realidad ajena.
Divagación primera. Stevenson era un irlandés que sabía vivir, basta leer el ensayo del arte de caminar para saberlo. Una buena charla, un cigarro después de una caminata son grandes placeres de la vida a los que este autor sabe dar el peso adecuado, no es cuestión de lugares comunes, sino el pensamiento dedicado a materias pequeñas que resultan ser grandes. La magnificación de lo cotidiano, por cierto, es producto de un gran hombre, no se le ocurra lector pedírle a un hombre pequeño observar lo bello en lo cotidiano, sólo encontrará discursos aprendidos de la televisión, cosas de siempre, que no es que no sean apabullantes, sino que lo importante es ser capaz de apreciar estar descalzo por la vida, que el mango se aferre a los dientes y quiera echar raíces en la boca, que la pereza se asiente en el aire y lo mejor es que todo esto toma sentido si hay disposición, si se le rasca porque la vida también tiene comezón.
Divagación segunda. Debo reconocer que ultimamente he depositado mi sentido de la existencia en la pereza, un descanso dulce de una vida ardua. Resulta que me doy cuenta, me quedé en la hamaca dormido y cuando me desperté los mosquitos habían picado mis piernas, el mar sonaba a lo lejos y la noche estaba alta en el cielo. Pequeña pausa, un ritmo lento, descanso. Me estiro. Bostezo.
Divagación tercera. Hay que tener valor para ser el contador de historias de Samoa. Salve, Stevenson.
Al final me quedé dormido y no salí.
ResponderEliminarEra escocés
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