El pasado miércoles 5 de Agosto del 2009 viajando en el tren ligero camino a la casa de Offset, vi a un señor viejo, tendría unos 65 o 70 años, cara arrugada a manera de bull dog y usaba lentes anchos para poder ver. Este hombre, que podría llamarse desde Armenticio hasta Babuchas, es el registro viviente de la existencia de la Pucha Asesina.
Cuando puso su mano derecha en uno de los tubos para monos para asegurarse su posición vertical con respecto al piso vi la prueba feaciente de la existencia de uno de los grandes mitos que el rock nacional se ha encargado de difundir. Este hombre había perdido las últimas dos falanges de los dedos anular y medio, que como todo persona versada sabe son usados en los inicios de las artes amatorias. Después de darle vueltas en mi cabeza supuse que estaba ante una prueba viviente de un fenómeno de la imaginación urbana. Me decidí a seguirlo olvidando a una chica andrógina que estaba a mi derecha.
En el camino hasta Taxqueña estuve observando descaradamente sus dedos, unos muñones gordos y un anillo dorado de alguna boda. Fue mi mirada tan clara e inquisitiva que terminé por hacer sentir incómodo al viejo, lo sé porque volteaba a verme con el ceño fruncido. Los pequeños no dedos indicaban por el grado de cicatrización que la herida debió hacerse mucho tiempo atrás, como mínimo unos veinte años, aunque sospecho que debieron ser unos cuarenticinco y que fue con un veterinario a hacerse cargo de la herida porque no podía pagar un doctor.
En eso estaba pensando cuando el señor que seguro iba a Taxqueña y estaba harto de mi mirada clavada en su mano se bajó en Las torres sin darme tiempo a seguirlo, estaba yo absorto en la recreación de la escena porque quizá el que había huído de mí había sido el primero en encontrar a aquella mujer de la pucha asesina.
Lo imagino de unos veinte, con una chiquilla de diecisite, nervioso y jugando al macho en un cuarto rentado a una señora mocha y amargada. Él le dice que se acueste y ella obedeciéndelo se tira ya sin zapatos en una cama incómoda. Le quita la falda del uniforme escolar. Ve de reojo al vello abultar la ropa interior y haciéndosele la boca agua moja sus dedos como en las películas porno y los desliza hasta sentir el calor de la entrepierna. Imagino su emoción al estar ahí, introduciendo sus dedos poco a poco, quizá sintió que apretaba un poco, que después se ensanchaba hasta que algo como de acero le amputaba la ambición de entrar. Debieron ambos de haber gritado, la sangre cubriendo las sábanas y abandonando al mito con sus falanges dentro se lanzó a la calle con el terror en sus ojos.
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