miércoles, 23 de febrero de 2011

Idea huidiza

Tenía la impresión curiosa de que habría de escribir algo relevante, pero en el momento de empezar lo perdí, una distracción y juiiiii. Una combinación de las distintas conversaciones que sostengo por medio del internet. Cuestiones de fotografía y temperatura, una carta que apela en nombre del amor una entrevista, una serie de comentarios que se refieren a Salinger y otra amena en la que un amigo y yo establecemos y reforzamos nuestra complicidad en un silencio de blancas.

Después un recuerdo súbito del hombre que vi caminar por Insurgentes, ahí, atravesando con su paso tímido, ebrio, por en medio de la realidad que todos los carros formábamos. Yo me reconocí insignificante. Recuerdo, ahora, aquella sensación que debió sentir el crítico de "El perseguidor" cuando el jazzista quebraba en mil pedazos el mundo e incluso así no bastaba para arrancar el telón. ¡Ay! Un hombre desolado se me ha quedado grabado en el fondo de la memoria.

jueves, 3 de febrero de 2011

Reflexiones egipcias

Si América Latina cuenta con una de las mayores organizaciones del crimen en todo el globo, ¿por qué no sería capaz de tener una sociedad organizada? Es una de las cuestiones que me surgen al ver lo que sucede en Egipto, no porque conozca todo el contexto de ese pueblo con pirámides, sino porque hay dos cosas que deben aprenderse de lo que ocurre: 1) Se necesitan 30 años de dictadura para ser terminantes con el movimiento social 2) Se puede disminuir la cantidad de años y el término a lo siguiente: Se necesita un mal gobierno para exigir con la democracia forzada la voluntad del pueblo.
Luego pienso que la respuesta que recibe la petición generalizada del pueblo se resume a nuestra linda expresión: Atole con el dedo. Las manifestaciones reciben balas, gas lacrimógeno y la promesa de una reforma paulatina. Entonces los 30 años explican que no se detengan, que no se paren ante la agresión y para el resto del mundo se queda viendo como en estos momentos alguien pugna por otra forma de vida, nosotros, mundo, admiramos la lucha social pero somos incapaces de formar parte de una queja común ante nuestra propia realidad.
¿La humanidad sale a relucir cuando hay muertos de por medio?

lunes, 24 de enero de 2011

Episodio de enfermedad

He salido temprano y eso ha resultado en esto, en tanto estos horarios no me corresponden he sido atacado por una repentina fiebre y dolores corporales que me aquejan. Es lamentable, al haberme expuesto tan pronto a los efectos del sol de medio día se ha desequilibrado mi termostato y por efecto de las faltas de sueño he contraído esta curiosa enfermedad que me acosa, por cuestiones de simplicidad la llamaré resfriado, pero advierto que no se puede asegurar que esto es cierto, podría estarme enfrentando, justo en estos momentos, a una dolencia extraña que podría terminar con la raza humana como la conocemos. En estos momentos de duda me recuesto en mi cama y en una completa concentración de mis sentidos me dedico a ver la televisión. Caray, una película de Goya que va mejorando de a ratos y que tiene por eje la violencia católica de una época turbulenta de España que se mezcla con los absurdos del poder a lo que se suma mi fiebre, progresiva e incómoda que se le armoniza a las historias de torturas.
Sucede que me distraigo en las bellezas estéticas del cuerpo de Natalie Portman cubiertas de suciedad y rezando con un padre que se declara mono en un papel. Es increíble lo terrible del poder de la escritura. Estas declaraciones que yo sostengo ahora pueden representar la perdición de mi alma ante los terribles y poco cuerdos comentarios que pudo tener el atrevimiento de desarrollar.
Ahora hay una escena de guerra en la que la violencia se sustenta, como siempre lo ha hecho, en los ideales de libertad e igualdad que siempre ha destacado los argumentos de los movimientos bélicos y no reclamo porque mi juicio histórico siempre ha tenido una sensatez boba de entender que todo acto bélico termina por chingarse ante todo a aquel que debe sustentar y apuntar un arma. Es el destino, un fúsil no sólo hiere al que recibe su producto, también a quien lo promueve, a quien lo carga y a quien le da el motor económico. La guerra no se hace sin comida.
Ahora en la película aparecen putas. Es una película de matices, completa, sin duda. Rapto de mujeres, dilemas políticos, mujeres locas, pintores sordos y una serie de cuestiones que me hacen pensar en la cantidad de sobresaltos que puede tener una vida. ¿Quién lo diría? España se hace decir un prostíbulo. Una locura de vueltas, intrigas y pensar que todo eso es parte de la historia, es increíble como todo se hace fílmico y dramático detrás de una pantallas (aunque no esté detrás, sino adentro o algo similar). Otro rapto de mujeres, la guerra y su afán de mantener a los hombres aislados sólo llevan a la búsqueda constante y natural de un... ahora que los clérigos regresan al poder... Las cosas que se ven en televisión. Ahora resulta que Inglaterra restituye los poderes católicos. ¿Quién lo diría?
Aumento de temperatura súbita y un curioso reencuentro de una familia. Goya al fondo dibuja y yo escribo y veo una España que habla inglés.

lunes, 17 de enero de 2011

Hallazgo

Me encontré esto en mis vueltas por la red, me pareció curioso, así que lo reproduzco. Lamentablemente perdí el link, pero bueno, lo tarado y lo previsor hacen una combinación extraña.


Llegó papá

Las calles de República Dominicana revelan un horizonte político peligroso, no tanto por los candidatos; pienso más en lo que está detrás de las campañas, principalmente la de Hipólito Mejía. Una foto de su rostro oval, donde no se ve la cáscara, intenta reflejar a un hombre seguro y poderoso que aspira a ejercer el mando de forma paternal. ¿Qué debe entenderse de esto? Me vienen varias asociaciones a la cabeza, la primera se refiere al positivismo y la idea de que el pueblo, irresponsable e inmaduro, necesita de una autoridad paternal que cuide y vele por él, lo que también es un arrebato de la libertad social con miras al crecimiento, de forma que acabando este proceso el pueblo será capaz de tomar sus propias decisiones. Siempre con la aspiración utópica de una mejora.

De aquí mis ideas se derivan a reflexionar qué tan certera puede ser la frase terrible: Cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Será que República Dominicana pide por un gobierno como este, que contrario a lo que los optimistas pueden llegar a pensar, el país no es capaz de manifestarse crítico ante lo que esas dos palabras le proponen: Ciudadano dominicano, permítame gobernarlo que usted no sabe ni dónde está parado. La idea de Estado que se propone se asemeja al autoritarismo dictatorial, o acaso no es la idea que rige esa figura temeraria que reinó en toda América Latina, me pregunto sin preguntar. Pienso en Trujillo y sus arrebatos violentos que todavía sobreviven en la memoria del pueblo, si bien el ex presidente Mejía no se manifestó de esa forma durante su mandato no soy capaz de olvidar el tipo de autoridad monológica que ejercía.

Reviso fotos de campaña y aparecen rostros eufóricos de personas alzando pancartas. Casi con un fervor y fanatismo religioso el pueblo es capaz de seguirlo por lo coloquial de proposición, porque eso también está ahí, la salvación implícita del macho alfa que ha vuelve al poder ejecutivo. ¡Alégrate Quisqueya, estás salvada! Que si la calle está dura te mandan a la acera. El ciudadano pensante está en un desasosiego terrible, si por un lado una de las campañas políticas le hace el ofrecimiento de hacerse infante, por el otro darle continuidad al gobierno actual y arriesgarse a continuar en la misma situación tampoco parece viable.

El mensaje que Danilo da al pueblo dominicano ­­–Lo mejor para todos– no es muy claro y tampoco reconforta si se indaga sólo un poco, la vaguedad de su propuesta me deja receloso. ¿Será este hombre capaz de vislumbrar qué es lo mejor? Sus promesas de campaña deberán suplir esos espacios vacíos, porque si bien la práctica de su posible gobierno dejará con la insatisfacción típica de la retórica, al menos permitirá entender a quién está dirigido el ‘mejor’ y el ‘todos’ de su lema de campaña. La experiencia propone que se siga con la línea de trabajo de Leonel, ergo las dudas respecto a los objetivos del candidato quedan claras y el miedo deriva de estas reflexiones.

Creo que la situación actual de este país pone en duda el sistema democrático, porque no se plantean opciones que respondan al verdadero sentir del pueblo y tampoco existen medios para plantearlo, es además increíble que incluso si la abstención llega a ser mayoritaria el sistema no sea capaz de reflexionar y anularse a sí mismo. ¿En qué momento las instituciones vencen la realidad? Simple, cuando la vida se le niega en su cauce natural y éstas, siempre inmutables, persiguen y criminalizan toda posible desviación de la traza que se plantea para un orden lógico y armónico de algo que ya no parece tan razonable. Si el pueblo fuese buey el látigo le vendría bien.


Augusto Pérez

sábado, 4 de diciembre de 2010

Mandato

Recuerdo ahora, claramente. No debe respetarse ninguna escritura, se debe empezar siempre por faltarle el respeto a la escritura propia. Mi escritura me la pela.

Confesión de un vago

No he hecho nada de lo que debería hacer, no lo digo con culpa, sino con pereza y un bostezo muy largo. Escribir aquí, ahora lo veo, sería una suerte de redención y yo que no busco absolverme entonces abandono la serie de divagaciones que habrían de qué, ¿consolarme? Bostezo.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Um conto de Luis Britto García

Vou fazer uma tradução deste autor venezuelano, porque agora que o li achei que alguém mais no mundo tem que lê-lo também. A tradução vou faze-la porque em espanhol não tem graça, se consegue na internet sem problema. Com certeza tem uns erros por aí, mas depois eu farei as correções, leitor, agradeço se você marca alguns.

A vitória oculta [Publicado em Rajatabla]

De não ser eu quem o explique, ninguém entenderia meu gênio militar, pelo qual, nestas memórias o explico. O objetivo da guerra, diz Clausewitz, consiste em impor nossa vontade ao inimigo. Seus discípulos tem variado infinitamente sobre o tema: para eles, nossa vontade se impor ao inimigo mediante nossa vitória; este se dobra ante ela unicamente na derrota. Só tenho me atrevido a variar os termos, aparentemente incontestáveis, desta equação estúpida. Só eu tenho dirigido meu povo a impor sua vontade não obstante a certeza --a necessidade, diria-- da derrota. Desperdiçado inutilmente contra um inimigo invencível, dirão os historiadores. Mas não. Desperdiçado, não. E inutilmente, menos. O afirmo agora, em tanto o fogo calcina seus corpos inanimados.
Quantos seres humanos é lícito sacrificar à consecução de um objetivo? As respostas dos tratadistas são inconsistentes. Para eles, se o povo consta de duzentos milhões, o sacrifício de cinqüenta milhões parecerá razoável. Mas se o povo consta de cinqüenta milhões, então o sacrifício dessa quantidade resulta excessivo. Eu não vejo que estas considerações modifiquem de jeito nenhum os fatores objetivos da situação. Os povos existem, mas se contam homem a homem, e o objetivo que justifica a morte de um só ser automaticamente justifica a morte de todos, e isto é lógico, e irrefutável. Se a cifra de sacrifícios que requer um objetivo militar iguala à cifra de habitantes de uma nação, e se esse objetivo é desejável, isso não é óbice para que a guerra o seja.
E a guerra tem sido. Não para derrotar à grande potência, nosso adversário. Não podíamos. O sabia perfeitamente eu, que observava o progresso da guerra como uma doença incurável. O sei agora, quando as tropas de ocupação escrutinam as ruínas do meu povo aniquilado.
Mas. Mas. Para nos esmagar, a grande potência tem se convertido num exercito, e toda sociedade que se converte num exercito se devora si mesma e morre.
Nunca, nunca, uma tão vasta vitória com tão escassas forças. O digo eu, vencido, escutando o crepitar dos incêndios da minha derrota, que é também a antecipada derrota e crepúsculo do inimigo.
Reclamo a coroa dos vencedores. Reclamo a coroa dos vencedores. Eu, o ultimo vivente do meu povo. Reclamo a coroa dos vencedores.

sábado, 13 de noviembre de 2010

160 años del nacimiento de Robert Louis Stevenson

Recuerdo pocos cumpleaños y éste no es la excepción. Pero por ser el caso de un hombre importante google le puso un dibujito de La isla del tesoro y yo me he puesto a revisar poemas y pensar en un escritor que me simpatiza, hasta le invitaría unas cervezas. Lo importante nunca es el aniversario, reflexión que tiene a ver con el terrible dilema que me acecha: ¿A qué fiesta habré de ir hoy? Ambas amistades suponen un deber moral que en realidad no tengo por qué obedecer, así que debería responder a la alegría que puedo producir en el otro. En realidad mi presencia no implica una diferencia, no tendría por que, decirlo sería dotarme de responsabilidades que no me competen y me obligan a responder a ciertos deberes que no reconozco pero que cumplo.
Pero bueno, ¿qué se le va a hacer? De momento debo ignorar estas cuestiones y pensar en leer y escribir, mis grandes deberes de la existencia, que reconozco así porque me los he otorgado y responden más a mi placer que a alguna responsabilidad para con el mundo. No es que no me importe, pero no me voy a poner a decir que escribo por algo que no sea el mero placer de ir construyendo o desahaciendo sentidos. Stevenson, que vagabundo descanse, compara la literatura con los juegos infantiles, para él, es la construcción de una ficción, el ahondar en una realidad ajena.
Divagación primera. Stevenson era un irlandés que sabía vivir, basta leer el ensayo del arte de caminar para saberlo. Una buena charla, un cigarro después de una caminata son grandes placeres de la vida a los que este autor sabe dar el peso adecuado, no es cuestión de lugares comunes, sino el pensamiento dedicado a materias pequeñas que resultan ser grandes. La magnificación de lo cotidiano, por cierto, es producto de un gran hombre, no se le ocurra lector pedírle a un hombre pequeño observar lo bello en lo cotidiano, sólo encontrará discursos aprendidos de la televisión, cosas de siempre, que no es que no sean apabullantes, sino que lo importante es ser capaz de apreciar estar descalzo por la vida, que el mango se aferre a los dientes y quiera echar raíces en la boca, que la pereza se asiente en el aire y lo mejor es que todo esto toma sentido si hay disposición, si se le rasca porque la vida también tiene comezón.
Divagación segunda. Debo reconocer que ultimamente he depositado mi sentido de la existencia en la pereza, un descanso dulce de una vida ardua. Resulta que me doy cuenta, me quedé en la hamaca dormido y cuando me desperté los mosquitos habían picado mis piernas, el mar sonaba a lo lejos y la noche estaba alta en el cielo. Pequeña pausa, un ritmo lento, descanso. Me estiro. Bostezo.
Divagación tercera. Hay que tener valor para ser el contador de historias de Samoa. Salve, Stevenson.

lunes, 8 de noviembre de 2010

De la escritura, acá en corto.

Pues ya, si se escribe que sea con sinceridad, ¿topas? Sin fingir que la elegancia cansa, hay comezón y deseo, sudor y cansancio, molestia y pereza. Si no hay nada que decir se dice y ya, que la crisis de la época tiene sentido, que después alguien pueda decir que la falta de sentido no es nuestra y es de alguien allá en el futuro que puede vernos y pensar que no estábamos tan jodidos como pensamos. Al menos con sinceridad no se puede decir que creíamos en cosas que no, la revelación de lo que se vive o no se vive. Es más, olvido el futuro, un otro cualquiera, un ataque de sinceridad ¿será que se aguanta así y ya? Plantearse algo ajeno, ponerse el traje de alguien más o revelar una posición no debe de asustar tanto, si nadie está de acuerdo o se reconoce ignorante en ello es como tener frío o sed. Bah, la verdad tengo hambre y escribo esto para ver si en este proceso me quedo dormido. Un amigo me dijo que escribir le daba sueño, creo que a mí me hace pensar en comida.
Lector allá, cambio, fuera y cámaras, dice.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Reír me hace toser.

La enfermedad repentina que me hace oponer dos acciones, oposición porque toser implica cierto dolor y la risa sólo en exceso podría hacerme sufrir. La cuestión es curiosa, es decir, la naturaleza me está haciendo un oxímoron vivo.
(Ojalá alguien decida decirle a los niños que vienen a pedir dulces que sólo tengo basura).
Sería mejor poder decir que este caso es extraordinario, pero es todo lo contrario, es difícil concebir una felicidad sin dolor o un dolor sin felicidad. No es mi intención ser melodramático, pero sé que no me equivoco. Recuerdo que cada vez que algo me salía mal alguien se alegraba por ello, por otro lado cuando conseguía algo que quería alguien tenía que salir llorando. Cuando alguien pierde el otro gana, cuando te estrellas con un poste de luz le das un chiste a alguien más; el que se queda con la chica gana un enemigo y una mujer sonriendo, pero las sonrisas llegan a doler, de forma que la de la chica se transforma en reclamo, tortura y martirio.
La vida es una balanza, como tal su deber es marcar el desorden y el desequilibrio, que la usen para lo contrario sólo habla del hombre como un degenerado. No quiero ser malentendido, no condeno la degeneración, como le comentaba a un amigo, esa palabra se refiere a un comportamiento no a un juicio respecto a éste. La balanza, decía, señala el desorden y el desequilibrio, pero también revela que las cosas tienden a igualarse. Si en un árbol una rama pesa más que todas las del otro lado juntas se las llevará a todas consigo, eso es igualdad, no la separación simétrica.
En esta época de mi vida considero que la barriga es el símbolo de la felicidad, una barriga es la demostración corporéa de un buen comer, un buen beber, una buena amistad que es capaz de sostenerla en su sitio y una tranquilidad innata de estar recostado. ¿A qué iba eso último? A ningún lado, no todo necesita de sentido para existir y que nadie me venga con idioteces de que la realidad lo tiene.

Marcha de la derrota


Não sou nada,

Nunca serei nada,

Não posso querer ser nada.

À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo

No soy nada,

Nunca seré nada,

No puedo querer ser nada.

Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo

“Tabacaria”, Álvaro de Campos

Nunca he sido un gran lector de poesía, no por desprecio. La narrativa siempre me pareció más llamativa y la lírica no despertó en mí un interés o alguna gran inquietud, al menos no hasta Fernando Pessoa[1], en particular con Álvaro de Campos y “Tabaquería”. Tenía unos diecisiete años cuando lo conocí en un taller de poesía, en la antología bilingüe del Fondo. Pasado un tiempo terminé por comprarla, con la parte en portugués esperando. Nunca pensé en separarme de ese libro y de la marca roja de un naipe siempre en la misma página. Lo regalé porque a veces la amistad exige locuras.

He intentado plasmar lo que este poema representa para mí, lo he intentado tres veces sólo para descubrir que me equivoqué al mostrarlo como es. No hay valor en eso. Si algo puedo decir que me deje satisfecho es lo que brota de mi relación subjetiva y arbitraria con él. Estas palabras escritas en un arranque de sinceridad dan pie a lo que soy después de “Tabaquería”.

Hago eco a esa mirada contemplativa desde la ventana y a la musicalidad de sus versos (ahora más que puedo leerlos en portugués). Desde la primera vez que los he mascullado hasta hoy, unos cinco años de terca lectura del escritor portugués, he pensado sin pensar a partir de su obra y en ella. En ese proceso encontré que “Marcha de la derrota” era el posible nombre del poema, lo rescato no sólo para comunicarlo, mi marcha y mi vida también se dirigen a la derrota porque sé que no puedo quebrar la realidad y puede que me despedace en el intento.

I

Estou hoje vencido, como se soubesse a verdade.

Estou hoje lúcido, como se estivesse para morrer

Estoy hoy vencido, como si supiese la verdad.

Estoy hoy lúcido, como si estuviese para morir.

“Tabacaria”, Álvaro de Campos

“Tabaquería” es una visión nacida del desasosiego. Una ligera desesperación que se acerca al dolor, es la falta de tranquilidad, la ruptura de algún orden. Pienso en el aprendizaje que nace del golpe, desde la herida, la contemplación desde el vacío. Allá, en la calle la vida pasa y deja huellas en todo aquello que ocurre, lo nimio; el mundo afuera, la existencia adentro. Surgen en mí dos ideas inmediatas: la belleza del desequilibrio y la relación de lo cotidiano con aquello profundo que lo sustenta; ambas como resultado de un estado de ánimo, no porque sea necesario, sino porque todo dolor implica una reestructuración y la consciencia de este proceso está hecha verso en este caso.

El desequilibrio me hace pensar menos en una estética del caos y más en la apreciación del entorno y las experiencias, el desasosiego como eje de una cosmovisión que revela la fragilidad y belleza de las cosas. En la intranquilidad hay una contemplación consciente de la existencia, una evaluación del ser. Incluso si mi vida deviene en fracaso –el caso que pueda imaginar no importa– la capacidad de ser consciente genera un distanciamiento crítico, ahí espera lo inútil como verdad.

La fragilidad de aquello que se supone certero, en su oposición extraña, revela la belleza del fragmento irrepetible y efímero. El valor de la vida, sus accidentes o su cotidiano, pasa a recaer en la consciencia del engaño, esta verdad, si tal es cierta, expone aquello que se considera innegable, un eco de lo que se cree. La realidad es un acto de fe, al saberlo, como un acto de magia descubierto en su truco, pierde todo sentido. Todo se erige ilusión en tanto la existencia se hace inestable.

A lo lejos, porque lo cercano es un ronquido, escucho una sirena, quizá si me asomo veré las luces de una patrulla con prisa y en esa manifestación molesta de lo externo reside una concepción del hombre, varias incluso. Yo desde esta escritura he tenido que dialogar con ese exterior sin quererlo. No repudio lo que está más allá de mí, sólo estoy cansado de las certezas falsas, así hay días en que cansado del mundo hay una gran satisfacción en ver el tiempo pasar con indiferencia.

II

Como os que invocam espíritos invocam espíritos invoco

A mim mesmo e não encontro nada.

Como los que invocan espíritus invocan espíritus me invoco

A mí mismo y no encuentro nada.

“Tabacaria”, Álvaro de Campos

La revelación de la realidad como algo frágil, lo insignificante de la existencia comienza en encontrar el yo reducido a nada, como si se perdiera en algún lugar. Para Pessoa, me parece, escribir de este vacío resulta fácil, es decir, él pasó a dividirse a sí mismo, se renunció individuo y se aceptó diferente cada día como el río de Heráclito; la personalidad como construcción fragmentaria que da paso a una secuencia que permite establecer una idea continua y total del sujeto, de tal forma que si se identifican los fragmentos pueden crearse diversas secuencias, personalidades, al permitir el desarrollo de aquellos que incluso se oponen dentro de una sola persona.

En cierta forma eso explica los heterónimos, esas personalidades que poblaron la mente del escritor portugués. En un esfuerzo por crear la literatura de toda una época, se hizo varios. En Eróstrato y la búsqueda de la inmortalidad dice: “Si [un hombre] puede escribir como veinte hombres diferentes, entonces es veinte hombres diferentes”. La multiplicidad proviene del diálogo interno, de las posibilidades creativas que van tomando forma, contexto y vida propia.

Las contradicciones se presentan como el testimonio de las diferentes visiones e ideologías. Si éstas terminan por negarse la una a la otra, peor aún, si estás sobrepasan el latido de quien se hace recipiente, la idea de nada como esencia aparece clara en el fondo. Si la definición proviene desde lo ajeno, incluso si este ajeno tiene su origen en la persona que se descubre vacía, se debe pensar a conciencia qué se es, fuera de aquello que nos define dentro de la sociedad. Se es estudiante, lector, hijo, padre, hermano, amigo, hombre o mujer, pero ¿dónde reside la esencia? Sin los disfraces la persona se descubre desnuda.

III

Sempre uma coisa defronte da outra,

Sempre uma coisa tão inútil como a outra,

Sempre o impossível tão estúpido como o real,

Sempre o mistério do fundo tão certo como o sono de mistério da superfície,

Sempre isto ou sempre outra coisa ou nem uma coisa nem outra.

Siempre una cosa en frente de la otra,

Siempre una cosa tan inútil como la otra,

Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,

Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del misterio de la superficie,

Siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni otra.

“Tabacaria”, Álvaro de Campos

Los esquemas se repiten, ajenos a lo que nosotros mismos podamos pensar o plantear de la realidad. Algo en ella se escapa al entendimiento, al cambio. Intransigente e ilusoria se asienta fuera y espera la oportunidad de tragarlo todo de un bocado. Terca, permanece sustentada por nosotros mismos, alimentándose de nuestra supervivencia. Absurda, con una lógica de sin sentidos: leyes, teorías, filosofías, impuestos. Se repiten sí, en su fondo, algo en el por qué de la realidad, de aquello general que subyace en las particularidades culturales y raciales en un afán de defender al hombre de sí mismo. En cada lugar se erige un orden y todos son inútiles.

La vida, construcción ajena, se desarrolla y nos arrastra. No importa a donde se dirijan las aspiraciones de cada uno, terminaremos, sin terminar, en algún lugar, quizá un pequeño infierno burocrático o de plomero en Budapest. Ante esta certeza que acecha al hombre y cada uno de sus sueños, se hace lo posible por planear algo, tener una idea del porvenir por la que se puede sacrificar todo, a tal punto que alcanzada la preciada meta la persona se queda sin nada.

Peor es para quienes no saben qué hacer de su futuro, un agobio constante de tomar un rumbo, cualquiera. No quiero ser malentendido yo no sé a dónde voy, ni como, sólo no me importa, actúo cuando debo hacerlo, casi con pereza. Esforzarse en tomar sentido es absurdo, se lucha por una colección de máscaras y se anhela con suspiros la que es antifaz, para poder hablar por uno mismo, se toma un sentido prestado y puede ser que el vacío esté en la falta de una máscara.

La conciencia, la claridad de visión obtenida de tirar la vida porque se descubre que nada importa. El tiempo irá pasando y todo lo que conocemos dejará de existir, en contraste ahí está afuera la realidad plausible, la sensación de existir se presenta y todo parece recuperar sentido, el vacío desaparece, hasta el siguiente momento en que la lucidez del desasosiego nos permita encontrarlo una vez más. Entre tanto, lector, tú y yo, debemos aferrarnos a algo.

Me confieso feliz, porque soy todavía más terco, me sitúo inamovible en el vacío, desde aquí parece que la realidad se puede romper. Me lanzo de cabeza contra esa posibilidad, si no lo logro habrá una cerveza esperando en algún lugar y el universo podrá reconstruirse como quiera. Alguien por ahí sonreirá y yo me sentaré de nuevo, burlón, en el abismo, a la espera que todo se quiebre en mil pedazos.

Acenou-me adeus, gritei-lhe Adeus ó Esteves!, e o universo

Reconstruiu-se-me sem ideal nem esperança, e o Dono da Tabacaria sorriu.

Hizo una señal de adiós, le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo

Se me reconstruyó sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la Tabaquería sonrió.

“Tabacaria”, Álvaro de Campos

Daniel Pérez Rivera

México, DF, Octubre, 2010



[1] Fernando Antonio Nogueira Pessoa, portugués, alcohólico considerado uno de los mejores poetas del siglo XX.

jueves, 28 de octubre de 2010

Curvas y esquinas

“Outra vez te revejo,

Cidade da minha infância pavorosamente perdida...

Cidade triste e alegre, outra vez sonho aqui...

Eu? Mas sou eu o mesmo que aqui vivi, e aqui voltei,

E aqui tornei voltar, e a voltar

E aqui de novo tornei a voltar?

Ou somos, todos os Eu que estive aqui ou estiveram,

Uma série de contas-entes ligadas por um fio-memória,

Uma série de sonhos de mim de alguém fora de mim?

Outra vez te revejo,

Com o coração mais longínquo, a alma menos minha”

Álvaro de Campos, “Lisboa revisited (1956)”

He estado pensando largo rato y además tendido: ¿cuál es mi calle favorita? Elegir una es difícil, mi manía de caminar sólo lo complica. Una sucesión surge al azar y al compás de mi desorientación sale en una improvisación burda, recorro la ciudad en un afán estético y por caprichos. Hay unas que recuerdo y otras de las cuales no sé el nombre ni la ubicación exacta. Pero, y de ahí me he decidido a elegir, existe un conjunto de calles que terminan por ser referentes constantes de mi existencia, ésas se esquinan todas a la avenida México 1968, en la que vivo y también elijo, el eje de una constelación de caminos, mi barrio pues. De Periférico a Avenida del Imán.

La elegí después de pensar en una gran lista de calles. Toda mi indecisión vino de mi afán de gastarme los pies. Afortunadamente sólo pensé en calles concretas, porque entonces habría estado un mes intentando decidir si alguna de un libro, de mi cabeza o de una pintura; puro sufrimiento metafísico. En este párrafo quiero hacerle una pequeña justicia personal a las que no cupieron aquí.

¿Qué tiene de importante, interesante o particular esta calle y sus esquinadas? En realidad nada, es decir, puedo asegurar que hay una gran cantidad de calles que tienen mejores paisajes, historias más interesantes, mujeres hermosas, qué sé yo, algo que la destaque. La mía gana su importancia en la mera relación subjetiva, no es la gran cosa. La conozco hace ya rato y caminarla me dice algo de mi devenir. Le conozco sus mañas, sus escondrijos y en una época reconocía a los intrusos, sabía de quién desconfiar y quién no rajaba. A lo largo de ella mi vida se ha ido desarrollando entre pasos, unas cervezas, amigos, juegos de futbol y todo eso que hace que la vida tenga sentido.

La calle y yo nos encontramos todos los días (¿habrá forma de escaparme?), ella es mi vestíbulo a lo que se extiende fuera de mí y pisarla al regresar es el alivio de saberme dentro de mis terrenos. A veces me voy por entre las unidades de edificios que siempre me han parecido ramificaciones de la avenida, una suerte de laberinto que crece a un lado y que me encargué de explorar durante la infancia. Hace tiempo que veo lo que pasa en el barrio desde mi ventana. No es cuestión de preferencias, sino de circunstancias. Por otro lado, ¿qué tengo que decirle a esa señora que tenía a ese joven hincado a sus pies arrepintiéndose a manera de rezo? Nada, sólo un miedo enorme ante la imagen de sumisión en plena vía pública. ¿En qué se ha ido transformando la señora que es capaz de doblegar a cualquier gañan? Siempre he pensado que son los peores seres humanos existentes, un error de la naturaleza o la manifestación física de la destrucción. Señoras…

Mi relación con este laberinto es una construcción constante del uno contra el otro. Lo recorro diario y en ese deambular, con o sin sentido, lo que soy entra en diálogo con todos los yo que he sido, de ahí sale algo casi congruente en un juego de reflejos y reflexiones. No sé si soy claro, es raro que lo sea. Es decir, el cielo no es azul, es una construcción cromática y climática continua; lo mismo ocurre con mi calle, en ella se plasma la construcción continua de esencias y accidentes de mi persona (la única de la que puedo pretender dar cuenta).

A partir de ella se configura parte de lo que será mi día en ese reencuentro y la reelaboración y revisión de caminos. Mi tedio, mi cansancio, mi alegría o mi buen humor se van entretejiendo con toda mi propia tradición de ánimos al salir de casa, de forma que un buen día es la suma de muchos buenos días y hay semanas que son un lunes alargado.

Por eso, después de cada viaje largo o corto, camino mi calle. No para ver lo que hay de nuevo, sino para dialogar con mis yo plasmados a lo largo de las cuadras. Un viaje es una dislocación, te separas de tu cotidianeidad y sin importar que tan efímero o turístico pueda ser el viaje, al volver hay algo que se queda en la personalidad del individuo que se atrevió a abandonar su localidad, al final qué mejor que tu propia calle y sus espacios cotidianos para evaluar lo que generó aquello que está más allá de los andares ya conocidos.

Mi calle es minúscula pero se ha transformado en mi puerto, todo marinero tiene uno al que habrá de volver. No importa cuántos se conozcan, ninguno es igual y cada persona añora la combinación de olas, vientos y olores del suyo, todo aquello que hace parte del camino toma sentido en tanto existe un origen y un lugar al cual volver. La extraña sensación de pertenencia y territorio, que toma sentido en la idea de lo otro y lo desconocido, una curiosa relación de poder. En mi calle no tengo duda, como el marinero que conoce su costa. Las cosas pueden cambiar de inicio a fin pero se le queda plasmada la secuencia de eventos que constituyen mi vida.

En mi infancia los recovecos de la sección 7 los exploré y los nombré, la expansión de los territorios empezó con la compañía de mi hermano y dos vecinos. Durante los periodos tortuosos de crecimiento que son la pubertad y la adolescencia terminé por recorrer el resto de la avenida. Pero que a nadie se le ocurra preguntarme dónde queda Francia 1900 o alguna otra olimpiada, porque sigo reconociendo los espacios por los nombres que les otorgamos en un inicio: el pastito, la cancha, las astas, los coyotes, la barda, el cuadrito, la bajada (vaya imaginación); a quién le importa conocerle el nombre cuando lo importante de las calles se construye con el uso. La expansión territorial y los nombres corresponden a eventos que le dan sentido a esos espacios, sus usos y contextos, todavía únicos porque no he vuelto a ver a nadie hacer la misma sarta de locuras por ahí.

En mi época una actividad me llevó a conocer los apodos y otras veces los nombres de los habitantes de la zona, hay van unos, pa’ hacerles honores: Peros, Cato, Loco Abreu, Herbacio –ése era el nombre–, Castor, Gemelo –mismo apodo para los dos–; a fin de cuenta clásicos de ayer y hoy. La cancha era el centro de reunión, a partir de las 4, todos los días en mi época de secundaria se armaban las retas: a tres goles y sacan pichones. Desde ese entonces siempre he relacionado el fútbol con la colectividad y la construcción de un espacio bélico. Si algo se tenía que arreglar empezaba ahí y a veces terminaba afuera. Esos partidos eran los buenos, porque el gol toma el sentido de golpe, de herida.

Mi equipo era joven, pero nos las arreglábamos; en algunas ocasiones jugábamos bien, en otras la palabra paliza se quedó corta. Ahora la cancha le pertenece a otros, mis vecinos se mudaron y mi equipo está incompleto. Contra quienes jugué siguen por ahí, pero ellos también tienen nuevos espacios y costumbres. Antes de acabar esa era, el fútbol exigió un espacio más amplio, así que tomamos la explanada del parque que nos dejaba hacer retas más grandes, el juego se hizo más veloz y las paredes se acabaron. Cambios de ritmo.

El parque también puede ufanarse de haber sido el lugar que me dejó la cicatriz en la ceja izquierda. Evitaré la historia porque en mis escritos sólo me permito a mí mismo reírme de mí mismo, sólo diré que es una marca de guerra. Como todo parque también besé y bebí ahí, insisto nada fuera de lo común. Sólo que siempre debe tenerse cuidado, beber ahí implica que la policía llegue de un momento a otro, a los vecinos no les gusta ser despertados por unos borrachos a las 3 de la mañana.

También está el mercado, otro de los espacios significativos en mi existencia, yos fragmentados construyendo algo como un alebrije. El tianguis contiene una tradición de desayunos, los primeros de reconocimiento de las características culinarias mexicanas, que es lo mismo a comer tacos cuando apenas había llegado a México[1]; los segundos de deleite y exploración de las extrañas costumbres de este nuevo mundo, aquellas que llaman gorditas de chicharrón, una suerte de círculo plano que embarnece los cuerpos de los nativos. Después entré a las dinámicas económicas con la compra de estupideces que he ido tirando a la basura. Lo que uno es capaz de comprar…

Así se resume mi calle: un conjunto de vivencias y yos hilados a la avenida, en cierta forma toda calle es eso. Un gran amigo en una ocasión me preguntó, él siempre tan arquitecto: ¿qué hace a una ciudad, los edificios o sus habitantes? Considero que la ciudad y lo que transmite es el resultado del diálogo entre aquello que es la arquitectura, la construcción de espacios y las implicaciones del objeto con la sociedad, con ese conjunto de personas malhumoradas que le dan sentido y llenan de ruido a la ciudad.

Hoy me toca correr por ella sin prestar atención, voy tarde a clase. Extraña maldición que me aqueja. Qué más da, el reloj sigue corriendo y tengo clase en 15 minutos y contando. Si hoy hay reta quién quita y me vale madres, juego y revivo los buenos momentos cañando a los que salen de la secundaria, para que se vayan curtiendo en el diálogo de tradiciones.

México, D.F. , Septiembre de 2010



[1] ¿Llegar a México? Pues bien es fácil explicarlo, el tipo este que escribe si bien nació en México se fue a vivir a temprana edad a República Dominicana, de donde es la madre y la respectiva familia. Curioso, ¿no?

jueves, 12 de agosto de 2010

Problemas de ritmo

Lo sé, pero es cuestión de ritmo, me equivoqué porque mis acciones estaban fuera de lugar y lo adecuado es ir a dormir a casa, recuperarme, descansar del viaje y no conseguí hacer otra cosa que celebrar con alegría el cumpleaños de un gran amigo, llevarlo a mi casa y llegar a las 6 después de haber comido. Para llegar sin conciencia de nadie, sin pensar en que mis padres se preocuparon y con todo ese egoísmo revelado me terminé por sentir mal antes de quedarme dormido.
Olvidé que el ritmo aquí es otro, que tengo que ser más tranquilo y quedarme más en casa, pero mi ritmo es de vagabundo, de gastar suelas y una improvisación salvaje que no sabe donde parar o cómo acabar.

domingo, 8 de agosto de 2010

Que bonito día.

Hoy me pusé a leer las noticias. Muerto por aquí, enfrentamiento con armas de fuego entre indígenas, creo que las noticias quieren decirme algo. Hoy iré a comprar un arma, tendré muchas municiones e iré caminando bajo este hermoso día de mucho sol caliente y dispararé para que todo lo que he leído sea más realidad que ficción, porque terriblemente vivo en una burbuja de pies sudados, comodidades hermosas y buenos amigos. Iré a matar gente para llevar violencia al mundo que, como yo, no sabe de lo que se pierde. Además, quién sabe, puede que sea linchado y entonces realmente tenga sentido todo lo que leo porque lo viviré y lo haré vivir. Haré que se rompa esa pequeña membrana que separa al lector de los eventos que asimila como meras acciones externas y se las presentaré en la cara.
Hoy voy a llevar terror como quien regala flores.

viernes, 6 de agosto de 2010

lunes, 2 de agosto de 2010

Salidas, llegadas y volvidas.

Irme de São Paulo fue una acción veloz realizada durante el aturdimiento del cansancio y la sensación de ausencia que tenía hace ya semanas. Recorrí la ciudad en las últimas dos semanas esperando aprovechar sin saber bien en qué consiste esa acción y a sabiendas que lo que no había hecho durante los seis meses que ya se acababan no podría hacerlo en tan poco tiempo.
Al final compré casi todos los libros pero se me escaparon varios, culpo a mi economía incapaz de sustentar mis gastos en una ciudad cara. Ni modo, tendré que volver.
Ahora al regreso tengo que malabarear gastos, sufrir ahorrando lo que ya gasté o algo así en una búsqueda de equilibrio que creo que es moral, entonces importa poco. Qué carajos.
¿Qué fue irme? Un viaje en taxi a las 4 de la mañana en el que me fui quedando dormido y al llegar sólo atiné a pagar y tambalearme hasta la puerta y así fui despertándome con maletas y boletos y horas en la cabeza. Debería decir algo impresionante, algo como que haberme ido fue un parteaguas en mi vida, pero es sólo haberme ido no estar seguir. Un proceso triste, claro, pero natural. No tiene nada de extraordinario, nada fuera de lo normal en irse. Porque en realidad lo normal es no quedarse. Todos se van en algún momento. Yo me fui.
Algún día espero volver. Porque allá me sentí a gusto, allá podría vivir toda mi vida y aunque ya llevo una parte vivida en otros lugares podría darle el resto que no es poca cosa, creo.
Lo otro es seguir viajando. Antes de volver a la Ciudad de México, pasé una semana en Lima reconociendo a la familia de mi padre. Ese volver a las raíces, a la otra parte de mi identidad personal familiar, fue curioso, extraño. Sé ahora cuáles son las razones para no volver de mi padre. Esas razones son mías también, pero también comparto las razones para volver. Que no es algo que sé de cierto, pero lo presiento y eso vale hasta que me demuestren lo contrario.
Pero bueno, hubiera continuado con este escrito, pero ahora me he puesto a buscar el siguiente destino, la forma de irme de nuevo y fragmentarme más todavía. Estar en más lugares y más lejos.

viernes, 2 de julio de 2010

Salvador de Bahia de todos los santos

Viaje corto todavía no realizado. Expectativas... sólo pienso en dejarme llevar. "Vou deixar a rua me levar...". Voy solo. Entonces el ritmo va por mi cuenta y también la interpretación, me tengo que hacer orquesta o ni eso y sólo silbar. Este viaje lo hago en un momento en que todo el mundo se va y al regresar a São Paulo estoy con amigos menos en la ciudad. ¿Será que la ciudad se hará fantasma? Al final todos tienen ganas de estrechar los lazos lo más rápido que se pueda, con ánimo de conseguir algo más, todavía más, de este tiempo. Hoy perdió Brasil y mi deseo de ver al país celebrar los tendré que dejar para el 2014, así que ahora tengo otra misión, volver a Brasil para el mundial, además del cariño.
Para lograrlo necesito de dinero, constante y sin limitaciones temporales. Una maestría lo arregla todo, estudio, me caso, obtengo la nacionalidad y listo. El divorcio y el caos, con impuestos y abogados de por medio, me importa poco si al final puedo conseguir la nacionalidad. Sólo por términos prácticos, así puedo volver sin visa.
En Bahia dicen que hay mucho que hacer, además es una ciudad que me he leído mucho, pero una lectura es sólo una construcción y todavía falta que la vea entera o al menos en sus partes más gostosas. Gente, calles, ruido, sonido. Comida, sin camarón porque soy alérgico. Playa, dicen que son sucias, que vale la pena que salga a otras ciudades, cerca y hermosas. Pero no voy a turistear, voy a viajar, de vez en cuando turistearé y diré boberías, tomaré fotos con autoretratos y felicidades. Souvenirs, al carajo.
Mientras, me toca terminar despedirme de más personas, ni cuenta me doy de algunos, pero hay otras personas que me han dejado con una tristeza ligera. He regalado un par de dibujos, las paredes de mi cuarto también se van quedando vacías.