sábado, 4 de diciembre de 2010
Mandato
Confesión de un vago
domingo, 14 de noviembre de 2010
Um conto de Luis Britto García
sábado, 13 de noviembre de 2010
160 años del nacimiento de Robert Louis Stevenson
lunes, 8 de noviembre de 2010
De la escritura, acá en corto.
lunes, 1 de noviembre de 2010
Reír me hace toser.
Marcha de la derrota
Não sou nada,
Nunca serei nada,
Não posso querer ser nada.
À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo
No soy nada,
Nunca seré nada,
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo
“Tabacaria”, Álvaro de Campos
Nunca he sido un gran lector de poesía, no por desprecio. La narrativa siempre me pareció más llamativa y la lírica no despertó en mí un interés o alguna gran inquietud, al menos no hasta Fernando Pessoa[1], en particular con Álvaro de Campos y “Tabaquería”. Tenía unos diecisiete años cuando lo conocí en un taller de poesía, en la antología bilingüe del Fondo. Pasado un tiempo terminé por comprarla, con la parte en portugués esperando. Nunca pensé en separarme de ese libro y de la marca roja de un naipe siempre en la misma página. Lo regalé porque a veces la amistad exige locuras.
He intentado plasmar lo que este poema representa para mí, lo he intentado tres veces sólo para descubrir que me equivoqué al mostrarlo como es. No hay valor en eso. Si algo puedo decir que me deje satisfecho es lo que brota de mi relación subjetiva y arbitraria con él. Estas palabras escritas en un arranque de sinceridad dan pie a lo que soy después de “Tabaquería”.
Hago eco a esa mirada contemplativa desde la ventana y a la musicalidad de sus versos (ahora más que puedo leerlos en portugués). Desde la primera vez que los he mascullado hasta hoy, unos cinco años de terca lectura del escritor portugués, he pensado sin pensar a partir de su obra y en ella. En ese proceso encontré que “Marcha de la derrota” era el posible nombre del poema, lo rescato no sólo para comunicarlo, mi marcha y mi vida también se dirigen a la derrota porque sé que no puedo quebrar la realidad y puede que me despedace en el intento.
I
Estou hoje vencido, como se soubesse a verdade.
Estou hoje lúcido, como se estivesse para morrer
Estoy hoy vencido, como si supiese la verdad.
Estoy hoy lúcido, como si estuviese para morir.
“Tabacaria”, Álvaro de Campos
“Tabaquería” es una visión nacida del desasosiego. Una ligera desesperación que se acerca al dolor, es la falta de tranquilidad, la ruptura de algún orden. Pienso en el aprendizaje que nace del golpe, desde la herida, la contemplación desde el vacío. Allá, en la calle la vida pasa y deja huellas en todo aquello que ocurre, lo nimio; el mundo afuera, la existencia adentro. Surgen en mí dos ideas inmediatas: la belleza del desequilibrio y la relación de lo cotidiano con aquello profundo que lo sustenta; ambas como resultado de un estado de ánimo, no porque sea necesario, sino porque todo dolor implica una reestructuración y la consciencia de este proceso está hecha verso en este caso.
El desequilibrio me hace pensar menos en una estética del caos y más en la apreciación del entorno y las experiencias, el desasosiego como eje de una cosmovisión que revela la fragilidad y belleza de las cosas. En la intranquilidad hay una contemplación consciente de la existencia, una evaluación del ser. Incluso si mi vida deviene en fracaso –el caso que pueda imaginar no importa– la capacidad de ser consciente genera un distanciamiento crítico, ahí espera lo inútil como verdad.
La fragilidad de aquello que se supone certero, en su oposición extraña, revela la belleza del fragmento irrepetible y efímero. El valor de la vida, sus accidentes o su cotidiano, pasa a recaer en la consciencia del engaño, esta verdad, si tal es cierta, expone aquello que se considera innegable, un eco de lo que se cree. La realidad es un acto de fe, al saberlo, como un acto de magia descubierto en su truco, pierde todo sentido. Todo se erige ilusión en tanto la existencia se hace inestable.
A lo lejos, porque lo cercano es un ronquido, escucho una sirena, quizá si me asomo veré las luces de una patrulla con prisa y en esa manifestación molesta de lo externo reside una concepción del hombre, varias incluso. Yo desde esta escritura he tenido que dialogar con ese exterior sin quererlo. No repudio lo que está más allá de mí, sólo estoy cansado de las certezas falsas, así hay días en que cansado del mundo hay una gran satisfacción en ver el tiempo pasar con indiferencia.
II
Como os que invocam espíritos invocam espíritos invoco
A mim mesmo e não encontro nada.
Como los que invocan espíritus invocan espíritus me invoco
A mí mismo y no encuentro nada.
“Tabacaria”, Álvaro de Campos
La revelación de la realidad como algo frágil, lo insignificante de la existencia comienza en encontrar el yo reducido a nada, como si se perdiera en algún lugar. Para Pessoa, me parece, escribir de este vacío resulta fácil, es decir, él pasó a dividirse a sí mismo, se renunció individuo y se aceptó diferente cada día como el río de Heráclito; la personalidad como construcción fragmentaria que da paso a una secuencia que permite establecer una idea continua y total del sujeto, de tal forma que si se identifican los fragmentos pueden crearse diversas secuencias, personalidades, al permitir el desarrollo de aquellos que incluso se oponen dentro de una sola persona.
En cierta forma eso explica los heterónimos, esas personalidades que poblaron la mente del escritor portugués. En un esfuerzo por crear la literatura de toda una época, se hizo varios. En Eróstrato y la búsqueda de la inmortalidad dice: “Si [un hombre] puede escribir como veinte hombres diferentes, entonces es veinte hombres diferentes”. La multiplicidad proviene del diálogo interno, de las posibilidades creativas que van tomando forma, contexto y vida propia.
Las contradicciones se presentan como el testimonio de las diferentes visiones e ideologías. Si éstas terminan por negarse la una a la otra, peor aún, si estás sobrepasan el latido de quien se hace recipiente, la idea de nada como esencia aparece clara en el fondo. Si la definición proviene desde lo ajeno, incluso si este ajeno tiene su origen en la persona que se descubre vacía, se debe pensar a conciencia qué se es, fuera de aquello que nos define dentro de la sociedad. Se es estudiante, lector, hijo, padre, hermano, amigo, hombre o mujer, pero ¿dónde reside la esencia? Sin los disfraces la persona se descubre desnuda.
III
Sempre uma coisa defronte da outra,
Sempre uma coisa tão inútil como a outra,
Sempre o impossível tão estúpido como o real,
Sempre o mistério do fundo tão certo como o sono de mistério da superfície,
Sempre isto ou sempre outra coisa ou nem uma coisa nem outra.
Siempre una cosa en frente de la otra,
Siempre una cosa tan inútil como la otra,
Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del misterio de la superficie,
Siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni otra.
“Tabacaria”, Álvaro de Campos
Los esquemas se repiten, ajenos a lo que nosotros mismos podamos pensar o plantear de la realidad. Algo en ella se escapa al entendimiento, al cambio. Intransigente e ilusoria se asienta fuera y espera la oportunidad de tragarlo todo de un bocado. Terca, permanece sustentada por nosotros mismos, alimentándose de nuestra supervivencia. Absurda, con una lógica de sin sentidos: leyes, teorías, filosofías, impuestos. Se repiten sí, en su fondo, algo en el por qué de la realidad, de aquello general que subyace en las particularidades culturales y raciales en un afán de defender al hombre de sí mismo. En cada lugar se erige un orden y todos son inútiles.
La vida, construcción ajena, se desarrolla y nos arrastra. No importa a donde se dirijan las aspiraciones de cada uno, terminaremos, sin terminar, en algún lugar, quizá un pequeño infierno burocrático o de plomero en Budapest. Ante esta certeza que acecha al hombre y cada uno de sus sueños, se hace lo posible por planear algo, tener una idea del porvenir por la que se puede sacrificar todo, a tal punto que alcanzada la preciada meta la persona se queda sin nada.
Peor es para quienes no saben qué hacer de su futuro, un agobio constante de tomar un rumbo, cualquiera. No quiero ser malentendido yo no sé a dónde voy, ni como, sólo no me importa, actúo cuando debo hacerlo, casi con pereza. Esforzarse en tomar sentido es absurdo, se lucha por una colección de máscaras y se anhela con suspiros la que es antifaz, para poder hablar por uno mismo, se toma un sentido prestado y puede ser que el vacío esté en la falta de una máscara.
La conciencia, la claridad de visión obtenida de tirar la vida porque se descubre que nada importa. El tiempo irá pasando y todo lo que conocemos dejará de existir, en contraste ahí está afuera la realidad plausible, la sensación de existir se presenta y todo parece recuperar sentido, el vacío desaparece, hasta el siguiente momento en que la lucidez del desasosiego nos permita encontrarlo una vez más. Entre tanto, lector, tú y yo, debemos aferrarnos a algo.
Me confieso feliz, porque soy todavía más terco, me sitúo inamovible en el vacío, desde aquí parece que la realidad se puede romper. Me lanzo de cabeza contra esa posibilidad, si no lo logro habrá una cerveza esperando en algún lugar y el universo podrá reconstruirse como quiera. Alguien por ahí sonreirá y yo me sentaré de nuevo, burlón, en el abismo, a la espera que todo se quiebre en mil pedazos.
Acenou-me adeus, gritei-lhe Adeus ó Esteves!, e o universo
Reconstruiu-se-me sem ideal nem esperança, e o Dono da Tabacaria sorriu.
Hizo una señal de adiós, le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo
Se me reconstruyó sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la Tabaquería sonrió.
“Tabacaria”, Álvaro de Campos
Daniel Pérez Rivera
México, DF, Octubre, 2010
[1] Fernando Antonio Nogueira Pessoa, portugués, alcohólico considerado uno de los mejores poetas del siglo XX.
jueves, 28 de octubre de 2010
Curvas y esquinas
“Outra vez te revejo,
Cidade da minha infância pavorosamente perdida...
Cidade triste e alegre, outra vez sonho aqui...
Eu? Mas sou eu o mesmo que aqui vivi, e aqui voltei,
E aqui tornei voltar, e a voltar
E aqui de novo tornei a voltar?
Ou somos, todos os Eu que estive aqui ou estiveram,
Uma série de contas-entes ligadas por um fio-memória,
Uma série de sonhos de mim de alguém fora de mim?
Outra vez te revejo,
Com o coração mais longínquo, a alma menos minha”
Álvaro de Campos, “Lisboa revisited (1956)”
He estado pensando largo rato y además tendido: ¿cuál es mi calle favorita? Elegir una es difícil, mi manía de caminar sólo lo complica. Una sucesión surge al azar y al compás de mi desorientación sale en una improvisación burda, recorro la ciudad en un afán estético y por caprichos. Hay unas que recuerdo y otras de las cuales no sé el nombre ni la ubicación exacta. Pero, y de ahí me he decidido a elegir, existe un conjunto de calles que terminan por ser referentes constantes de mi existencia, ésas se esquinan todas a la avenida México 1968, en la que vivo y también elijo, el eje de una constelación de caminos, mi barrio pues. De Periférico a Avenida del Imán.
La elegí después de pensar en una gran lista de calles. Toda mi indecisión vino de mi afán de gastarme los pies. Afortunadamente sólo pensé en calles concretas, porque entonces habría estado un mes intentando decidir si alguna de un libro, de mi cabeza o de una pintura; puro sufrimiento metafísico. En este párrafo quiero hacerle una pequeña justicia personal a las que no cupieron aquí.
¿Qué tiene de importante, interesante o particular esta calle y sus esquinadas? En realidad nada, es decir, puedo asegurar que hay una gran cantidad de calles que tienen mejores paisajes, historias más interesantes, mujeres hermosas, qué sé yo, algo que la destaque. La mía gana su importancia en la mera relación subjetiva, no es la gran cosa. La conozco hace ya rato y caminarla me dice algo de mi devenir. Le conozco sus mañas, sus escondrijos y en una época reconocía a los intrusos, sabía de quién desconfiar y quién no rajaba. A lo largo de ella mi vida se ha ido desarrollando entre pasos, unas cervezas, amigos, juegos de futbol y todo eso que hace que la vida tenga sentido.
La calle y yo nos encontramos todos los días (¿habrá forma de escaparme?), ella es mi vestíbulo a lo que se extiende fuera de mí y pisarla al regresar es el alivio de saberme dentro de mis terrenos. A veces me voy por entre las unidades de edificios que siempre me han parecido ramificaciones de la avenida, una suerte de laberinto que crece a un lado y que me encargué de explorar durante la infancia. Hace tiempo que veo lo que pasa en el barrio desde mi ventana. No es cuestión de preferencias, sino de circunstancias. Por otro lado, ¿qué tengo que decirle a esa señora que tenía a ese joven hincado a sus pies arrepintiéndose a manera de rezo? Nada, sólo un miedo enorme ante la imagen de sumisión en plena vía pública. ¿En qué se ha ido transformando la señora que es capaz de doblegar a cualquier gañan? Siempre he pensado que son los peores seres humanos existentes, un error de la naturaleza o la manifestación física de la destrucción. Señoras…
Mi relación con este laberinto es una construcción constante del uno contra el otro. Lo recorro diario y en ese deambular, con o sin sentido, lo que soy entra en diálogo con todos los yo que he sido, de ahí sale algo casi congruente en un juego de reflejos y reflexiones. No sé si soy claro, es raro que lo sea. Es decir, el cielo no es azul, es una construcción cromática y climática continua; lo mismo ocurre con mi calle, en ella se plasma la construcción continua de esencias y accidentes de mi persona (la única de la que puedo pretender dar cuenta).
A partir de ella se configura parte de lo que será mi día en ese reencuentro y la reelaboración y revisión de caminos. Mi tedio, mi cansancio, mi alegría o mi buen humor se van entretejiendo con toda mi propia tradición de ánimos al salir de casa, de forma que un buen día es la suma de muchos buenos días y hay semanas que son un lunes alargado.
Por eso, después de cada viaje largo o corto, camino mi calle. No para ver lo que hay de nuevo, sino para dialogar con mis yo plasmados a lo largo de las cuadras. Un viaje es una dislocación, te separas de tu cotidianeidad y sin importar que tan efímero o turístico pueda ser el viaje, al volver hay algo que se queda en la personalidad del individuo que se atrevió a abandonar su localidad, al final qué mejor que tu propia calle y sus espacios cotidianos para evaluar lo que generó aquello que está más allá de los andares ya conocidos.
Mi calle es minúscula pero se ha transformado en mi puerto, todo marinero tiene uno al que habrá de volver. No importa cuántos se conozcan, ninguno es igual y cada persona añora la combinación de olas, vientos y olores del suyo, todo aquello que hace parte del camino toma sentido en tanto existe un origen y un lugar al cual volver. La extraña sensación de pertenencia y territorio, que toma sentido en la idea de lo otro y lo desconocido, una curiosa relación de poder. En mi calle no tengo duda, como el marinero que conoce su costa. Las cosas pueden cambiar de inicio a fin pero se le queda plasmada la secuencia de eventos que constituyen mi vida.
En mi infancia los recovecos de la sección 7 los exploré y los nombré, la expansión de los territorios empezó con la compañía de mi hermano y dos vecinos. Durante los periodos tortuosos de crecimiento que son la pubertad y la adolescencia terminé por recorrer el resto de la avenida. Pero que a nadie se le ocurra preguntarme dónde queda Francia 1900 o alguna otra olimpiada, porque sigo reconociendo los espacios por los nombres que les otorgamos en un inicio: el pastito, la cancha, las astas, los coyotes, la barda, el cuadrito, la bajada (vaya imaginación); a quién le importa conocerle el nombre cuando lo importante de las calles se construye con el uso. La expansión territorial y los nombres corresponden a eventos que le dan sentido a esos espacios, sus usos y contextos, todavía únicos porque no he vuelto a ver a nadie hacer la misma sarta de locuras por ahí.
En mi época una actividad me llevó a conocer los apodos y otras veces los nombres de los habitantes de la zona, hay van unos, pa’ hacerles honores: Peros, Cato, Loco Abreu, Herbacio –ése era el nombre–, Castor, Gemelo –mismo apodo para los dos–; a fin de cuenta clásicos de ayer y hoy. La cancha era el centro de reunión, a partir de las 4, todos los días en mi época de secundaria se armaban las retas: a tres goles y sacan pichones. Desde ese entonces siempre he relacionado el fútbol con la colectividad y la construcción de un espacio bélico. Si algo se tenía que arreglar empezaba ahí y a veces terminaba afuera. Esos partidos eran los buenos, porque el gol toma el sentido de golpe, de herida.
Mi equipo era joven, pero nos las arreglábamos; en algunas ocasiones jugábamos bien, en otras la palabra paliza se quedó corta. Ahora la cancha le pertenece a otros, mis vecinos se mudaron y mi equipo está incompleto. Contra quienes jugué siguen por ahí, pero ellos también tienen nuevos espacios y costumbres. Antes de acabar esa era, el fútbol exigió un espacio más amplio, así que tomamos la explanada del parque que nos dejaba hacer retas más grandes, el juego se hizo más veloz y las paredes se acabaron. Cambios de ritmo.
El parque también puede ufanarse de haber sido el lugar que me dejó la cicatriz en la ceja izquierda. Evitaré la historia porque en mis escritos sólo me permito a mí mismo reírme de mí mismo, sólo diré que es una marca de guerra. Como todo parque también besé y bebí ahí, insisto nada fuera de lo común. Sólo que siempre debe tenerse cuidado, beber ahí implica que la policía llegue de un momento a otro, a los vecinos no les gusta ser despertados por unos borrachos a las 3 de la mañana.
También está el mercado, otro de los espacios significativos en mi existencia, yos fragmentados construyendo algo como un alebrije. El tianguis contiene una tradición de desayunos, los primeros de reconocimiento de las características culinarias mexicanas, que es lo mismo a comer tacos cuando apenas había llegado a México[1]; los segundos de deleite y exploración de las extrañas costumbres de este nuevo mundo, aquellas que llaman gorditas de chicharrón, una suerte de círculo plano que embarnece los cuerpos de los nativos. Después entré a las dinámicas económicas con la compra de estupideces que he ido tirando a la basura. Lo que uno es capaz de comprar…
Así se resume mi calle: un conjunto de vivencias y yos hilados a la avenida, en cierta forma toda calle es eso. Un gran amigo en una ocasión me preguntó, él siempre tan arquitecto: ¿qué hace a una ciudad, los edificios o sus habitantes? Considero que la ciudad y lo que transmite es el resultado del diálogo entre aquello que es la arquitectura, la construcción de espacios y las implicaciones del objeto con la sociedad, con ese conjunto de personas malhumoradas que le dan sentido y llenan de ruido a la ciudad.
Hoy me toca correr por ella sin prestar atención, voy tarde a clase. Extraña maldición que me aqueja. Qué más da, el reloj sigue corriendo y tengo clase en 15 minutos y contando. Si hoy hay reta quién quita y me vale madres, juego y revivo los buenos momentos cañando a los que salen de la secundaria, para que se vayan curtiendo en el diálogo de tradiciones.
México, D.F. , Septiembre de 2010
[1] ¿Llegar a México? Pues bien es fácil explicarlo, el tipo este que escribe si bien nació en México se fue a vivir a temprana edad a República Dominicana, de donde es la madre y la respectiva familia. Curioso, ¿no?
jueves, 12 de agosto de 2010
Problemas de ritmo
domingo, 8 de agosto de 2010
Que bonito día.
viernes, 6 de agosto de 2010
lunes, 2 de agosto de 2010
Salidas, llegadas y volvidas.
viernes, 2 de julio de 2010
Salvador de Bahia de todos los santos
martes, 8 de junio de 2010
De regalos pedidos souvenirs
viernes, 14 de mayo de 2010
Lejanías, cercanías y boberías
jueves, 13 de mayo de 2010
Turururu iuuuu
miércoles, 21 de abril de 2010
De pensar que debí escribir algo, etc.
viernes, 16 de abril de 2010
Escritura rápida antes de darme un baño para hacer algo
domingo, 11 de abril de 2010
Fragmentaciones varias
sábado, 3 de abril de 2010
Floripa!
jueves, 1 de abril de 2010
Transcripción de anotación en un cuadernillo casi lleno
martes, 23 de marzo de 2010
A dor de pensar (cita)
miércoles, 17 de marzo de 2010
A un mes de vivir en Brasil
lunes, 15 de marzo de 2010
Reflexión acerca de la idea de ciudad
sábado, 6 de marzo de 2010
Impresiones de São Paulo
domingo, 21 de febrero de 2010
17 y 18 de Febrero.
martes, 16 de febrero de 2010
La última noche
1.09 am Ya es 17, el 17 me gusta como número. Un evento de mi sola incumbencia me arrancó del proceso de escritura, el cual por ser yo tan prosaico me ha arrebatado toda oportunidad de continuar esta cosa. Me alegra, valía más la pena.
Lo que me recuerda, he estado reflexionando respecto a la utilidad de la poesía, de la lírica. Piensa, piensa, piensa... Me voy a cambiar los pantalones, es hora de la piyama, fresca y limpia, al menos más que los pantalones. Dicen.
lunes, 15 de febrero de 2010
Dilemas de la maleta
Me he despertado este lunes pensando en que ya casi es miércoles, que me tengo que bañar, quejarme por la maleta y no hacer nada, visitar amigos, comer, leer, fumar pensando que me voy de forma melancólica para que alguien diga: se ve bien y sobre todo tragarme una nieve de maracuyá y un agua de horchata que son cosas valiosas de la existencia, si es que sabe usted lector de qué hablo.
Paso toda la música que puedo a la computadora que llevaré, en un afán de no quedarme sin nada de lo que aquí tengo y no uso. Además, tengo esa horrible certeza de que voy a olvidar algo, lo que en realidad será sólo un buen chiste, algo que contar, una buena manera de empezar una crónica de un viaje largo que al volver me parecerá corto.
Por otro lado, qué voy a saber yo de un viaje que no he hecho.
También me corté el pelo, oh querido diario.
No me puse desodorante otra vez.